Cayó a sus pies, como cuerpo muerto, y se los besó una y otra vez.

—Levántate... déjame... no me gustan esos extremos —dijo Halma—. Óyeme con tranquilidad.

—No puedo, no puedo... ¡La idea de que ultrajan a mi reina y señora me enloquece!

—Ten calma y paciencia. ¿Qué te importa a ti ni a mí que me ultrajen? ¿No nos desagravia Dios al instante, dándonos la alegría del padecer, esa felicidad que ellos no conocen?... Déjame seguir, y que acabe de explicarte la causa de lo turbada que estoy.

—Ya escucho —dijo Beatriz sentándose, pero sin atender a la costura.

—Pues reducido el caso de José Antonio a cuestión pura de conciencia, nada temo. Soy inocente, él también, y Dios lo sabe. Desprecio los juicios de la frivolidad humana, y sigo impávida mi camino. Pero como no somos libres, como dependemos de una autoridad, de varias autoridades, si retengo a mi primo en Pedralba, corre peligro nuestra pobre ínsula religiosa, esta ciudad, o más bien aldea de Dios que tanto trabajo me ha costado fundar. Aquí tienes el horroroso conflicto en que me veo. Si Dios no se digna iluminarme, no sé cómo he de resolverlo... Es triste, tristísimo, que para no aparecer como rebelde a la autoridad eclesiástica, tenga que dar el golpe de gracia a un inocente, y apartarlo de esta bendita vida... Nunca será justo ni caritativo que le expulse; pero ¡ay! habré de exponerle la situación y suplicarle que nos deje.

Callaron ambas, volvieron a funcionar las agujas, y los picotazos de estas y los suspiros de las dos costureras parecían continuar el triste diálogo. Metida en sí misma, la Condesa prosiguió razonando así:

—Es triste cosa que no se encuentre la paz ni aun en el desierto. Yo ambicionaba crearme una pequeña sociedad mía, consagrada conmigo al servicio de Dios; yo deseaba decirlo a la sociedad grande: «No te quiero, abomino de ti, y me voy a formar, con cuatro piedras y una docena de personas, mi pueblo ideal, con mis leyes y mis usos, todo con independencia de ti...» Pero no puede ser. El organismo total es tan poderoso, que no hay manera de sustraerse a él. La Iglesia, contra la cual no tendré nunca acción ni pensamiento, no me deja mover sin su permiso en este humilde rincón, donde me encierro con mi piedad y el amor de mis semejantes. Para conservarme en la compañía de mis hermanos, de mis hijos, tengo que transigir con las rutinas de fuera, venidas de allá, del enemigo, del mundo. Huyo de él y me acosa, me sigue a mi Tebaida, diciéndome: «Ni en lo más hondo de la tierra te librarás de mí.» ¡Dios me dé luces para librarme de ti, sociedad grande! ¡Deme paciencia para sufrirte, si no consiente mi emancipación!

Una hora más tarde, hallándose la señora en la cocina, proseguía su monólogo, y recobraba lentamente el admirable reposo de su espíritu.

—Vaya, que es para tomarlo a risa. Yo creí que mi ínsula, oculta entre estas breñas, viviría pobre y obscura, ni envidiosa ni envidiada. Y ahora resulta que la cercan y la acosan las ambiciones humanas. ¡Pobre ínsula, tan sola, tan retirada, y ya te salen por todas partes Sanchos que quieren ser tus gobernadores! La Iglesia me pide la dirección de esta humilde comunidad; la Ciencia, no queriendo ser menos, también pretende colarse, y por último, solicita dirigirnos y gobernarnos... la Administración. ¿Y qué haré yo ante tan apremiantes intrusos? El Señor me dirá lo que tengo que hacer, el Señor no ha de dejarme indefensa y vacilante en medio de este conflicto. ¡Obediencia, independencia!... ¡Oh, entre vosotras dos, dígame el Señor cómo he de componerme!