Antes de comer, Beatriz, que en toda la temporada de Madrid, y en los días de Pedralba, no había tenido ni ataques leves de su constitutivo mal espasmódico, creyéndose por tan largo reposo completamente curada, sintió amagos aquel día, sin duda por las emociones violentas de su diálogo con la señora. Procuró esta tranquilizarla, asegurándole que con la ayuda de Dios todo se arreglaría: para que se distrajera, y amansara con un saludable ejercicio los desatados nervios, la mandó a llevar la comida de Urrea y Nazarín al monte, donde ambos trabajaban. Aquilina, que era la designada para esta comisión, se quedó en Pedralba, y Beatriz, con su cesta a la cabeza, se puso en camino gustosa de tomar el aire y divagar por el campo.
Por la tarde llegó don Remigio de paseo, el cual se mostró con la señora Condesa más amable que nunca, dándole palmaditas en el hombro, diciéndole que no se apurase por lo que los tres amigos y vecinos le habían manifestado el día anterior; que no procediera con precipitación en el asunto de José Antonio, ni se disgustase por tener que darle la licencia absoluta, pues él, don Remigio, con toda cautela y habilidad, convidándole para una cacería en Torrelaguna, o pesca en el Jarama, le convencería de la necesidad de presentar su dimisión de asilado pedralbense... Y así se conciliaba todo, evitando a la señora la pena de despedirle... Y tomando resueltamente el tono festivo, dejose caer en el otro asunto. ¡Oh! lo de la dirección médico-farmacéutica propuesta por Láinez era una graciosísima necedad... ¿Pues y lo de la dirección aratoria y oficinesca, producto del caletre de don Pascual Amador? Ya supuso él que la señora Condesa se desternillaría de risa, en su fuero interno, oyendo tales despropósitos. La dirección religiosa, sobre la base de una perfecta concordancia de ideas y sentimientos entre el Rector y la fundadora, se caía de su peso, y con tal organismo, no era difícil llevar a Pedralba por caminos gloriosos.
Oyole Halma con benevolencia, sin soltar prenda en asunto tan delicado, y hablaron luego de los trabajos de instalación, de lo que aún no se había hecho, y de lo que se haría pronto para completar y redondear el pensamiento. Todo lo encontró don Remigio acertadísimo, admirable, superior. Y como la conversación recayese en Nazarín, se acordó de que había recibido una carta para él.
—Aquí está —dijo poniéndola en manos de la señora—. Aunque usted y yo estamos autorizados para leerla, se la entrego sin abrir. Trae el sello de Alcalá, y debe de ser de los infelices Ándara y Tinoco (el Sacrílego), que ya están purgando sus delitos en aquel penal. Le llaman sin duda, ¡pobrecillos!, y si de mí dependiera, le permitiría que fuese y les consolara, dando vigor y salud a sus desdichadas almas. Pero temo que me venga una ronca del Superior, si ese viaje le consiento, aunque solo sea por pocos días. Piénselo usted, no obstante, y si la señora Condesa toma la iniciativa, y acepta la responsabilidad...
Negose la dama a resolver sobre aquel punto, y ya que hablaban de Nazarín, ambos le colmaron de elogios.
—Es tan humilde —dijo don Remigio— y su comportamiento tan ejemplar, su obediencia tan absoluta, que si de mí dependiera, no tendría inconveniente en darle de alta. ¿Ha notado usted, en el tiempo que aquí lleva, algo por donde se confirme y corrobore la opinión de demente?
—Nada, señor don Remigio. Sus actos todos, su lenguaje, son de una cordura perfecta.
—¿Ni siquiera un rasgo ligero de trastorno, algo que indique por lo menos irregularidad en la ideación...?
—Absolutamente nada.
—Es particular. Vive como un santo; no ocasiona el menor disgusto, discurre bien cuando se le incita a discurrir, calla cuando debe callar, obedece siempre, trabaja sin descanso, y no obstante... no sé, no sé... Láinez dice que su inteligencia se aplana poco a poco.