—El camino de la señora Condesa no es este, sino aquel —repitió Nazarín—, y ahora verá qué pronto se lo hago comprender. Lo primero: la idea de dar a Pedralba una organización pública, semejante a la de los institutos religiosos y caritativos que hoy existen, es un grandísimo disparate.

—Entonces, ¿qué organización debí dar...?

—Ninguna.

—¡Ninguna! ¿De modo que, según usted, el mejor sistema...?

—Es la negación de todo sistema, en el caso concreto de Pedralba, y de usted.

—¿Y cómo ha de entenderse esa organización... negativa?

—De una manera muy sencilla, y que no es la desorganización ni mucho menos. Lo mismo que usted intenta hacer aquí en servicio de Dios y de la humanidad desvalida, puede hacerlo, y lo hará mejor, estableciéndose en una forma de absoluta libertad, de modo que ni la Iglesia, ni el Estado, ni la familia de Feramor, puedan intervenir en sus asuntos, ni pedirle cuentas de sus acciones.

—Pues si usted me da la clave de esa organización desorganizada y libre —dijo la Condesa irónicamente—, le declararé la primera inteligencia del mundo.

—No soy la primera inteligencia del mundo; pero Dios quiere que en esta ocasión pueda yo manifestar verdades que avasallen y cautiven su grande entendimiento, permitiéndole realizar los fines que se propone. No ha comprendido usted el concepto de libertad que me permití expresarle. Harto sabemos que toda libertad trae aparejada una esclavitud. Ahora es usted esclava de la sociedad. Emancipándose de esta, cambiará la forma de su libertad y también la de su cadena...

—Señor Nazarín —dijo Halma levantándose segunda vez—, o usted se burla de mí, o...