—No le entiendo a usted, no sé lo que quiere decirme —replicó Halma, no ya inquieta, sino acongojada por los estupendos y no esperados conceptos que el mendigo errante se permitía expresar—. Quiere decir tal vez que no he sabido dar a mis proyectos de vida cristiana la forma más aceptable.

—No señora, no ha sabido usted.

—¿Lo dice de veras?

—Como digo que desde hace bastante tiempo la señora vive en una equivocación lastimosa... pero desde hace mucho tiempo. No vaya a creer que me duele pronunciar ante usted la verdad de lo que siento. Al contrario, señora, gozo en manifestarla, y la manifestaría aunque viera que usted no la oía con gusto.

—Le aseguro a usted que, en verdad... no me sabe muy bien lo que me dice... Según eso, el camino que emprendo no es el mejor...

—Es buen camino, y por él se puede llegar a la perfección. Pero usted no llegará, no señora.

—¿Por qué?

—Porque no... porque su camino es otro... y ahí está la equivocación. Y yo llego a tiempo para decirle: «Señora Condesa, su camino de usted no es ese, sino aquel.»

VII

Perpleja y aturdida oyó Catalina estas palabras, que a su parecer, en las impresiones de aquel instante, desentonaban horriblemente. Creyó escuchar una voz de muy lejos venida, y Nazarín se desfiguraba en su imaginación, inspirándole miedo. Presumiendo que aún le faltaban por decir cosas más desentonadas y peregrinas, se arrepentía de haberle pedido consejo, y deseaba terminar el capítulo lo más pronto posible. Beatriz, inquieta, no apartaba los ojos de la señora, cuyo azoramiento leía en su expresivo semblante, y no pudiendo dudar de la inteligencia y sinceridad del maestro, esperaba que este explanara sus verdades, para que la ilustre fundadora desarrugase el ceño.