—No hay nada más sencillo, y es muy extraño que usted no lo vea.

—Lo que extraño mucho —dijo Halma, inquieta y nerviosa—, es el desahogo con que me niega la existencia del conflicto, sin añadir razones para que yo vea fácil y hacedero lo que hoy tengo por difícil, si no imposible. Espero de usted luces más claras para convencerme de que el consejo que me da no es una vana fórmula. ¿Cree usted que puedo indisponerme con don Remigio?

—No señora: don Remigio es nuestro inmediato jefe espiritual, y le debemos acatamiento y sumisión. No diré yo palabra ofensiva contra él, le respeto mucho; estoy bajo su autoridad, que es paternal y dulce. Los demás me importan menos... pero, en fin, a todos les respeto, y cuando he dicho que el conflicto se resolvería fácilmente, no he querido decir que para ello tuviera la señora que malquistarse con tan dignas personas. Al contrario, puede seguir con ellas en relaciones cordialísimas.

—Don Nazario —dijo la Condesa, no ya nerviosa, sino sofocada, levantándose—, yo no le entiendo a usted.

Parecía natural que al ver en la gobernadora de Pedralba aquel movimiento de impaciencia, Nazarín se aturrullara, y pidiera perdón, dando por terminado el consejo. Levantose también respetuoso, y con muchísima flema, y tocando suavemente el hombro de la Condesa, le dijo:

—Tenga usted calma. No hemos concluido.

Pausa. Sentados ambos de nuevo, sonaron otra vez las tosecillas, y Nazarín prosiguió en esta forma:

—Estoy seguro, segurísimo de que ha de entenderme pronto. Usted dice para sí: «¿Pero este es el hombre que andaba por los caminos, errante, descalzo, viviendo de limosna, practicando la ley de pobreza dada por Jesucristo? ¿Y es el mismo que ahora se llega a mí, y con dureza me habla, y me dice siéntate, como se le diría a un chiquillo de nuestra escuela?...» Pues soy el mismo, señora. De limosna viví, de limosna vivo. Soy como los pájaros que libres cantan, y enjaulados también... El medio en que se vive... y se canta... algo ha de significar. Antes cantaba yo para los pobres, y era como ellos, pobre y humilde; ahora canto para los ricos, y he de hacerlo en tonos diferentes. Pero en este caso, como en el otro, teniendo que decir una verdad que creo útil a las almas, no están de más las formas austeras. Lo mismo hacía entonces: que lo diga ésa. Cierto que usted es persona grande y de notoria virtud; pero como ahora se halla en el caso de tomar resoluciones graves, yo, su consejero en este momento, tengo que revestirme de autoridad, de la misma autoridad que hube de emplear ante la pobre mujer ignorante y pecadora.

—Me trata usted, pues —dijo la Condesa, en el colmo de la confusión—, como a pecadora...

—Ya sé que no; ya sé que es usted persona virtuosísima; pero podría dejar de serlo, si con tiempo no determinara variar de ideas sobre puntos muy fundamentales. Necesita usted modificar radicalmente su sistema de practicar la caridad, y su sistema de vida. Si así no lo hiciere, podría perder el reposo, y con el reposo... hasta la misma virtud.