Tanta seguridad desconcertó a la señora, y francamente, también hubo de inquietarla un poco el que Nazarín, al verse consultado por ella, no rompiese con un exordio de modestia, llamándose indigno, y protestando, como es de rigor en casos tales, de su incapacidad, etc...

—¿Que no es un conflicto tremendo?

—Digo que no lo tengo yo por tal.

—Y hace dos días que pido en vano al Señor y a la Virgen Santísima que me iluminen para resolverlo.

—Y la han iluminado a usted —dijo don Nazario, con un aplomo que desconcertó más a la Condesa—. Y le han dicho: «En tu conciencia, en tu corazón, tienes la clave de esto que llamas conflicto y no lo es.» ¡Si está resuelto! ¡Si es claro como la luz! Perdóneme usted, señora, si le hablo con una firmeza que podrá creer arrogante y hasta irrespetuosa. Es que cuando creo poseer la verdad en asunto grande o chico, no puedo menos de decirla, para que la oiga y se entere bien aquel que de ella necesita. Si usted no ha visto aún esa verdad, conviene que yo se la ponga delante de los ojos. Ahí va: ¡Expulsar a José Antonio! Nunca. ¡Suplicarle que se retire! Tampoco. Es una crueldad, una flaqueza, un pecado de barbarie casi homicida, que Dios castigará, descargando sobre Pedralba su mano justiciera.

—Si yo no quiero que salga, no, no —dijo Catalina, desconcertada ante la energía que no esperaba sin duda en hombre tan manso.

—Que no salga, no —repitió en voz queda la nazarista, que sentada en una silla baja al otro extremo de la estancia, oía y callaba.

—Bueno: pues no sale —prosiguió Halma—. Verdaderamente, sería injusto. El infeliz se porta bien, es otro hombre. Pero sigo viendo mi conflicto, señor don Nazario, porque al retener a José Antonio, contrarío los deseos de personas respetabilísimas, cuyo enojo podría ser funesto a Pedralba. La benevolencia de esas personas, que casi casi son instituciones para mí, nos es necesaria. Veo difícil que podamos vivir teniéndolas en contra.

—La señora puede llevar adelante su empresa caritativa con respecto a nuestro buen Urrea, sin que las personas que considera como instituciones, tengan que intervenir para nada en los asuntos de Pedralba.

—¿Pero cómo puede ser eso?