—Entonces...
—De nueve a diez, a la hora en que concluyo mis tareas de la mañana, le espero a usted arriba, en el cuarto de la costura, que es por ahora nuestra sala capitular.
—Está bien.
Amaneció Dios, y Nazarín, despachada la obligación de sus oraciones matutinas, se limpió y acicaló muy bien, vistiéndose con las ropas de cura que le había dado don Remigio. Decía él, distinguiendo cuerdamente entre cosas y cosas, que si en medio del pueblo, y haciendo vida errante, no se cuidaba para nada de la prestancia personal, al presentarse en el aposento de una tan principal y santa señora, llamado expresamente por ella, debía revestirse de la forma más decorosa, sin salir de su habitual sencillez. A las nueve y media en punto, ya se hallaba en el lugar de la cita. Díjole su discípula que se esperase, pues la señora no tardaría en subir, y a los pocos minutos entró doña Catalina. Esta, con gran sorpresa de Beatriz, ordenó a esta que se quedara. Sentáronse los tres. Pausa, y alguna tosecilla. Rompió Halma el silencio diciendo:
—Padre Nazarín, le llamo para que me dé su opinión sobre cosas muy graves que ocurren... no, que amenazan a nuestra pobre Pedralba. Apenas hemos nacido, y ya parece que estamos amenazados de muerte. No encuentro la solución de este conflicto en que me veo; mi inteligencia es muy corta; necesita ayuda, luces de otras inteligencias más claras que la mía. Me hace falta el consejo de usted.
—Honor inmenso es para mí, señora Condesa —replicó el peregrino con voz grave, permaneciendo en una inmovilidad de estatua—. Yo estimo su confianza, y corresponderé a ella diciéndole lo que tenga por acertado, justo y bueno, conforme a la santa ley de Dios. En este caso, como en todos, de mis labios no sale más que la verdad, la verdad, tal como en mí la siento.
—¿Adivina usted sobre qué quiero consultarle?
—Sí señora. No es adivinación. He oído algo.
—Un conflicto tremendo.
—Para mí no lo es.