Lanzó la Condesa un grito gutural, y llevándose la mano al corazón, como para contener un estallido, cayó al suelo atacada de fieras convulsiones.

VIII

Corrió Beatriz en su auxilio, la cogió en brazos. Nazarín la miraba impasible. En su desmayo, entre frases ininteligibles, doña Catalina pronunció con claridad la siguiente:

—Está loco, y quiere volverme loca a mí.

Salió Nazarín de la sala capitular, donde Beatriz, con el auxilio de Aquilina que acudió prontamente, trataba de volver a su normal estado a la ilustre señora. Bastó con desabrocharle el justillo y mojarle las sienes con agua fría, para que Halma se restableciera, y quedándose sola otra vez con la nazarista, pasó más de un cuarto de hora sin que ninguna de las dos dijese palabra, ni en pro ni en contra del singularísimo consejo del apóstol mendigo.

Catalina, poseída de una intensa languidez, fue la que primero rompió el grave silencio, con esta pregunta:

—Y cuando yo perdí el sentido, ¿no dijo algo más?

—No señora. Nada más.

—¿No dijo la tercera verdad... que debo casarme con José Antonio?

—No le oí tal cosa.