Quedose Halma como aletargada en el sofá, y cuando Beatriz la creía dormida, he aquí que se incorpora la dama, muy nerviosa, y con gran inquietud de lengua y manos, atropelladamente dice:
—Beatriz, ese hombre es el santo, ese hombre es el justo, el misionero de la verdad, el emisario del Verbo Divino. Su voz me trae la voluntad de Dios, y ante ella me prosterno. Esa idea de que yo me case, me andaba rondando el alma, sin atreverse a entrar en ella, porque yo la tenía ocupada por mil artificios de mi vanidad de santa imaginativa, y de mística visionaria... Me ha dicho la gran verdad, que ha tardado en posesionarse de mi espíritu, entontecido con las ideas rutinarias que estoy metiendo y atarugando en él desde hace algún tiempo. ¿Dónde está tu maestro? Quiero verle. Quiero que me hable otra vez, y que me confirme lo que antes rae dijo.
Salieron las dos.
—Allá está —indicó Beatriz, después de explorar por una ventana las soledades de Pedralba—. Está paseándose debajo del moral.
Corrieron allá, y arrodillándose ante él, Halma le dijo:
—Padre, verdad tan grande y clara jamás oí. Usted me ha revelado a mí misma. Yo era como el gusano que se encierra en el capullo que labra. Usted me ha sacado de mi propia envoltura. Un sentimiento existía en mí, de que apenas yo misma me daba cuenta: tan agazapadito estaba el pobre en un rincón de mi alma. La voz del padrito le ha hecho saltar, y se ha crecido el pícaro en un instante... ¡Oh, qué verdades me ha dicho esa inteligencia soberana! Sola, en vano pediría savia y calor al misticismo. Acompañada, tendré quien me defienda, quien me ayude, seremos dos en uno para proseguir la santa obra. No fundo nada, no quiero comunidad legal constituida con mil formulillas, que serían otras tantas brechas para que se metieran a inspeccionar mis acciones el cura y el médico y el administrador. Mi ínsula no es, no debe ser una institución, a imagen y semejanza del Estado. Sea mi ínsula una casa, una familia. Mi marido y yo mandamos y disponemos en ella, con libre voluntad, conforme a la ley de Dios.
—Mírele, mírele —dijo Nazarín señalando a un punto lejano, en que se veía una pareja de bueyes, y un gañán tras ella—. Allí está el hombre, el corazón grande y hermoso, el ser que usted, con su caridad, mal comprendida por el bendito Flórez, y renegada por su hermano, sacó de la miseria y de la abyección. Le he sondeado. He visto su alma delante de mí, clara y patente. Es un buen hombre, y será un excelente señor de Pedralba.
—Y le bendeciremos a usted, padre, el santo, el justo, el que todo lo ve y todo lo descubre.
—No soy nada de eso —replicó el curita manchego, resistiéndose a que Halma le besase las manos, y obligándola a levantarse—. ¡La señora de rodillas ante mí! ¡No faltaba más! Yo no soy ni santo ni justo, señora mía, sino un pobre hombre que, por favor de Dios, ha sabido ver lo que nadie había visto: que la señora de Pedralba quiere a su primo, que le quiere con amor, quizás desde que se llegó a ella, hecho un perdido, con ánimo de pedirle una limosna.
—Es verdad, es verdad... ¡Y yo pensé alejarle de mí! ¡Qué desvarío! Llegué a creer que la sequedad del alma era el primer peldaño para subir a esas santidades que soñé... Estaba yo con mi santidad como chiquilla con zapatos nuevos. ¡Y el pobre José Antonio abrasado en un afecto hacia mí, que yo interpretaba como agradecimiento muy vivo! Ya sospechaba yo que sería algo más; pero tal era mi torpeza que, al ver aquel sentimiento, le echaba tierra encima, todo el material inerte que sacaba del hoyo místico en que enterrarme quería.