—Y ahora, señora Condesa, ahora que las grandes verdades han salido, con la ayuda de la luz de Dios, de la obscuridad en que se escondían, váyase a la casa, dedíquese a sus ocupaciones habituales, y déjeme a mí el cuidado de informar a Urrea de esta felicidad, pues si no se la comunico con arte gradual, podría ser que el gozo repentino le produjera conmoción demasiado fuerte y peligrosa.

No tardó Halma en obedecerle, y allá se fue con Beatriz a sus trajines domésticos, que aquel día le parecieron más gratos que nunca. Y el manchego tomó pasito a paso el sendero que conducía a la tierra que el noble Urrea estaba labrando. Hízole el bravo gañán, al verle llegar, un gallardo saludo, levantando repetidas veces la aijada, y cuando le tuvo a tiro de palabra, no se atrevió a preguntarle, tal miedo tenía, lo que con tanto ardor anhelaba saber. Parados los bueyes, Urrea se quedó como una estatua. Los pies en el barro, la mano izquierda en la esteva, empuñando con la derecha la aijada, era una hermosa representación de la Agricultura, labrada en terracotta.

—Hijo mío —le dijo Nazarín—, no sé si las noticias que te traigo serán satisfactorias para ti. No te alegres antes de tiempo.

José Antonio palideció.

—Hijo mío, si no fueras tan bruto, comprenderías que las noticias que te traigo son medianas, tirando a buenas.

El rostro del gañán se enrojeció.

—La señora Condesa no quiere que te vayas de Pedralba. Pero...

—¿Pero qué?

—Pero... ello es que no encontraba la manera de retenerte. Al fin, yo le he dado una formulilla o receta para resolver el conflicto, y evitar las intrusiones probables de don Remigio, de Láinez y Amador. Se cambiará radicalmente el régimen de Pedralba. ¿Te vas enterando?

—No entiendo nada.