—Porque eres muy torpe. Nada, hijo, que he convencido a la señora Condesa... ¿te lo digo? de que debe rematar la gran obra de tu corrección, ¿te lo digo?... haciéndote su esposo. ¿No lo crees?
Urrea blandió la aijada, y tal movimiento le imprimió en la convulsión de su gozosa sorpresa, que Nazarín hubiera podido creer que le atravesaba de parte a parte.
—Calma, hijo, no hagas locuras. Las cosas van por donde deben ir. Da gracias a Dios por haber iluminado a tu prima. Al fin comprende que debe llevarse la corriente de la vida por su cauce natural. Su determinación resuelve de un modo naturalísimo todas las dificultades que en el gobierno de esta ínsula surgieron. Los señores de Pedralba no fundan nada; viven en su casa y hacen todo el bien que pueden. ¡Ya ves cuán fácil y sencillo! Para discurrir esto no se necesita la intervención del Espíritu Santo. Y sin embargo, la gran inteligencia de la señora Condesa de Halma, deslumbrada por sus propios resplandores, no veía esta verdad elemental. Dios ha querido que yo, un pobre clérigo vagabundo, predique el sentido común a los entendimientos atrevidos, a las almas demasiado ambiciosas.
José Antonio dio un abrazo a Nazarín, y no pudo expresar su alegría sino con frases entrecortadas:
—Yo también, yo también... vi claro... no podía decirlo... a mí propio no decírmelo... Temía disparate... ¡Y no lo era, Cristo, no lo era! La suma ciencia parece locura; la verdad de Dios... sinrazón de los hombres.
—Ahora, hijo mío, continúa en tu trabajito, como si nada hubiera pasado. Sigue arando, arando, que esto entretiene, y al propio tiempo que abres la tierra, das gracias a Dios por la merced que acaba de hacerte. Este bien tan grande y hermoso no lo mereces tú.
—No lo merezco, no —dijo Urrea con emoción—. Mucho he padecido en este mundo. Pero aunque mis tormentos hubieran sido un millón de veces mayores, no está en la proporción de ellos esta inmensa alegría.
—Trabaja, hijo, trabaja. Y otra cosa te encargo. No vayas al castillo hasta la noche... porque supongo que te traerán aquí la comida.
—Así lo creo.
—No muestres impaciencia, no te descompongas, ni cuando veas a tu prima esta noche, a la hora de la cena, hagas figuras ni desplantes. Tú... calladito hasta que ella te hable. Y cuando se digne exponerte su pensamiento, tú le das las gracias en forma reposada y noble, prometiendo consagrarle tu vida y tu ser todo, y haciéndole ver que no te crees merecedor de la inaudita felicidad que te depara... Anda, hijo, a tus bueyes, y hasta la noche... Con ese surco escribes en la tierra tu gratitud. Ama la tierra, que a todos nos da sustento, y nos enseña tantas cosas, entre ellas una muy difícil de aprender. ¿A que no sabes lo que es? Esperar, hijo, esperar. La tierra guarda la sazón de las cosas, y nos la da... cuando debe dárnosla.