—Sepa que me he traído su nombramiento...

—¿Para una parroquia de Madrid?

—No ha podido ser, por no haber vacante en estos días, mi dignísimo amigo y capellán; pero el señor Prelado, con quien habló de usted un amigo mío, encareciéndole sus méritos, aseguró que irá usted a los Madriles muy pronto, y que en tanto, para que hombre tan virtuoso y sabio no esté obscurecido en ese villorrio, le nombra Ecónomo de Santa María de Alcalá.

—¡Santa María de Alcalá! —exclamó don Remigio como en éxtasis; ¡tan soberbio y apetitoso le parecía su nuevo destino!

Y un abrazo más sofocante que los anteriores, selló la amistad imperecedera entre el buen párroco de San Agustín y el insulano de Pedralba.

—¿Y qué puedo hacer yo para demostrarle mi agradecimiento, señor de Urrea, qué puede hacer este modesto cura...?

—Ese modesto cura no tiene que hacer más que conservarnos su preciosa amistad, que en tanto estimamos. Y antes de entregar la parroquia al que viene a sustituirle, échenos las santas bendiciones.

—Ahora mismo..., digo, mañana, pasado mañana. Estoy a las órdenes de la señora doña Catalina, a quien ya no debo llamar Condesa de Halma.

—Será pasado mañana, señor don Remigio —indicó Halma—. Y otra cosa he de merecer de su benevolencia: que no me olvide al bendito Nazarín.

—Como he de ir a la Corte a ver a mi tío, allá informaré favorablemente. ¡Si salta a la vista que está en su cabal juicio! Inteligencia clara como el sol. ¿Verdad, señora?