—Tal creo yo.
—No tengo inconveniente en darle de alta, bajo mi responsabilidad, seguro de que el señor Obispo ha de confirmar mi dictamen, y si quiere venirse conmigo a Alcalá, me le llevo, sí señor, y le daré una modesta habitación en mi modestísima casa.
—Nos alegramos de ello, y lo sentimos —afirmó la señora de Pedralba—, porque la compañía del buen don Nazario nos es gratísima sobre toda ponderación.
—Ya vendrá a vernos —dijo Urrea—. Y al señor don Remigio también le tendremos aquí alguna vez. Esto no es ya un instituto religioso ni benéfico, ni aquí hay ordenanzas ni reglamentos, ni más ley que la de una familia cristiana, que vive en su propiedad. Nosotros nos gobernamos solos, y gobernamos nuestra cara ínsula.
—Y así debe ser... y así no tienen ustedes quebraderos de cabeza, ni que sufrir impertinencias de vecinos intrusos, ni el mangoneo de la dirección de Beneficencia o de la autoridad eclesiástica. Reyes de su casa, hacen el bien con libérrima voluntad, sin dar cuenta más que a Dios... ¡Si es lo que yo he dicho siempre, si es la verdad sencilla, elemental!... Ea, pasado mañana en mi parroquia, a la hora que los señores me designen.
Concertada la hora, don Remigio montó en su jaca, y picó espuelas. El animalito debía participar del inquieto gozo de su amo, porque en un soplo le llevó al vecino pueblo.
En la nota de un curiosísimo documento nazarista, que merece guardarse como oro en paño, se dice que el mismo día de la boda salió de San Agustín el curita manchego, caballero en la borrica del gran don Remigio. Despidiose afectuosamente de los señores de Pedralba, y de Beatriz, que lloraba como una Magdalena al verle partir, y tomando la carretera hasta la barca de Algete, pasó el Jarama, siguiendo sin descanso, al paso comedido de la pollina, hasta la nobilísima ciudad de Alcalá de Henares, donde pensaba que sería de grande utilidad su presencia.
Santander-San Quintín. — Octubre de 1895.
Fin de HALMA