—Pero si yo no me opongo a que mi hermana sea piadosa... Accedo a que no se case, a que se dedique a la oración en la soledad de un claustro. Soy creyente, bien lo sabe usted.
—Hm... ¡Creyente! Todos los señores prácticos, políticos y parlamentarios lo son por conveniencia, por decoro y exterioridad. Van con vela a las procesiones, y cuando se arrodillan ante el Santísimo y ven elevar la hostia, están pensando en que los cambios suben también, o bajan.
Dijo esto don Manuel nervioso, impaciente, levantándose y dando tumbos por el cuarto. De pronto entra Sandy a pedir a su padre los sellos que había recibido aquellos días, y el buen sacerdote, después de acariciarle, le dice:
—Corre al segundo, alma mía, y a tu tiíta Catalina que baje al momento, que tu papá y yo tenemos que hablarle.
Subió el chiquillo como una exhalación, y en el tiempo transcurrido hasta que se presentó la Condesa, el Marqués hubo de parafrasear sus últimas afirmaciones para evitar que Flórez las interpretara torcidamente. Era hombre práctico, y humillándose ante los hechos consumados, quería quedar bien con todo el mundo.
—He querido decir, señor don Manuel, que no ha demostrado mi hermana, hasta ahora, aptitudes para cosa tan grande, para una empresa que no solo requiere piedad, sino inteligencia, saber del mundo y de los negocios. Eso sostuve y sostengo. ¿Pero acaso el que no haya demostrado aptitudes, significa que no pueda adquirirlas cuando menos se piense? La fe hace milagros, ¿quién lo duda? La fe puede mucho.
—Según tú, los milagros los hace la santa economía.
—También. Y la inteligencia, y el método, y...
La entrada de su hermana le cortó la palabra. Antes de saludarla, don Manuel le alargó desde lejos los brazos, diciéndole con tanta seriedad como alegría:
—Venga usted acá, señora Condesa de Halma, y dé las gracias a su hermano, este noble hijo de su padre, esta gloria de los Artales y Javierres... El señor Marqués, no bien le indiqué los proyectos de usted, abrió, como quien dice, su corazón y su alma toda, inundada de fe cristiana y de entusiasmo católico. Y nada... que disponga usted de su legítima, sin merma alguna, que no hay cuentas, ni las hubo, ni puede haberlas entre dos hermanos que tanto se aman... que si no basta, él está dispuesto...