—Poco a poco, don Manuel... Yo...
—Sí, sí, quiere decir que no nos abandonará en caso de... En fin, se ha portado como quien es, como un prócer castellano, caballero de la fe de Cristo. Ya lo esperaba yo, que conozco la raza, y he llorado de satisfacción viendo cómo sus ideas a las mías respondieron, cómo su noble corazón se inundó de regocijo ante los sublimes proyectos de su bendita hermana. ¡Vivan los Artales y Javierres, cuyo blasón no tiene igual en nobleza, cuya historia está llena de actos magnánimos, de virtudes heroicas! ¡Viva la familia que cuenta más santos que príncipes en su árbol genealógico, y príncipes a centenares, y felicitémonos todos, y yo el primero, por la honra de ser amigo de tan ilustres personas!
—Bien, muy bien —dijo doña Catalina entre dos sonrisas, demostrando en la frialdad con que pronunció aquellas palabras, que no aceptaba como artículo de fe las del clérigo.
—No me opongo jamás —dijo Feramor tragando saliva, para ahogar con ella la tumultuosa procesión que le andaba por dentro—, no me opongo a nada que sea razonable. Cuando lo espiritual se presenta en condiciones prácticas, soy el primero... ya se sabe... Mis ideas generales, mis ideas políticas, concuerdan con todo lo que sea el fomento y protección de los intereses religiosos. La fe es una fuerza, la mayor de las fuerzas, y con su ayuda, las demás fuerzas, ora sociales, ora económicas, podrán realizar maravillas. Toda empresa de mejora moral me tiene a su lado, porque no veo más camino para el perfeccionamiento humano que las creencias firmes, la misericordia, el perdón de las ofensas, la protección del fuerte al débil, la limosna, la paz de las conciencias.
—¡Qué hermosas ideas! —dijo don Manuel con fingido entusiasmo—. ¡Benditas sean las riquezas que atesoras, porque con ellas harás el bien de tus semejantes desvalidos! Si todos los ricos fueran como tú no habría miseria, ¿verdad?, ni el problema social sería tan pavoroso.
Al llegar a este punto, el Marqués necesitaba violentarse mucho para no coger una silla y dejarla caer sobre la cabeza del ladino y maleante sacerdote. Pero su corrección social, como una conciencia más fuerte que la conciencia verdadera, se sobrepuso a su enojo, y ni un momento desapareció de sus labios la sonrisa, que parecía esculpida, de la buena educación... ¡Ah, la buena educación! Era la segunda naturaleza, la visible, la que daba la cara al mundo, mientras la otra, la constitutiva, rara vez salía de la clausura en que las bien estudiadas formas urbanas la tenían recluida. Prescindir de aquella segunda naturaleza para todos los actos públicos y aun domésticos, era tan imposible como salir a la calle en cueros, en pleno día. Los refinamientos de la educación, si en algunos casos corrigen las asperezas nativas del ser, en otros suelen producir hombres artificiales, que por la consecuencia de sus actos se confunden con los verdaderos.
Apurando los inagotables recursos de su buena educación, de aquella fuerza en cierto modo creadora y plasmante que hace hombres o por lo menos estatuas vivas, el Marqués sostuvo el papel que le había impuesto el eclesiástico amigo de la casa, y terminó la conferencia diciendo graciosamente a su hermana:
—Dispón de... eso cuando quieras. Estoy a tus órdenes. Y, como te ha dicho muy bien don Manuel, entre nosotros, entre hermano y hermana, no se hable de cuentas, ni de anticipos... No, no me des las gracias. Es mi deber perdonarte una deuda insignificante. La fortuna me ha favorecido más que a ti; ¿qué digo la fortuna? Dios, que es quien da y quita las riquezas. Si a mí me las ha dado, es para que puedas consagrarte... consagrarte...
No acabó el concepto, porque la buena educación, empleada a tan altas dosis, hubo de agotarse... Para disimular la repentina extinción de aquella fuerza, el Marqués no tuvo más remedio que fingir una tosecilla.
Y don Manuel, sacando una cajita de cartón, le dijo con buena sombra: