Su inconstancia no era inferior a su desvergüenza: a veces desaparecía de las casas de Feramor y Monterones, y parasiteaba en otras, donde sin duda le pagaban con el plato sus amenidades, que no siempre eran de buen gusto. Ello es que en la mesa y tertulia de la parentela pagaba el trato con una adulación asfixiante, y en las casas ajenas se vengaba de la humillación recibida hablando mal de su familia, ridiculizando el anglicanismo de su primo, las vanidades de la Marquesa y de Ignacia Monterones. Tras esto solía venir otro largo chapuzón en obscuridades desconocidas, para resurgir luego arrepentido, implorando misericordia. En cuanto su primo le veía con el incensario en la mano, se echaba a temblar, porque las lisonjas eran siempre precursoras de un golpe despampanante con el mandoble, que manejaba como nadie. Y así, cuando le vio tan entusiasta de los ideales religiosos, el Marqués se dijo: «Este viene armado esta noche. Preparémonos.»

En efecto, aprovechando una ocasión propicia, José Antonio le asaltó en un ángulo del billar, y allí, con alevosía, premeditación y ensañamiento, descargó sobre su cabeza el filo cortante, quedándose el Marqués tan aturdido del tremendo golpe, que no supo contestarle. El terrible sablista mostrose muy animado con la esperanza de un seguro negocio, para el cual reunía el capitalito necesario, y solo le faltaba una cantidad, una miseria, que su primo, su querido primo, su opulento primo y Mecenas le facilitaría al día siguiente... si podía ser por la mañana, mejor.

II

—¿Pero tú estás loco? ¡Que te dé mil pesetas! —le dijo la víctima poniéndole la mano en el pecho, y apartándole de sí como un peso que se le venía encima—. ¡Vaya una historia! ¿Negocios tú...? Y qué es, ¿se puede saber?

—Un negocio editorial, pero seguro, Paco; tan seguro, que ganaré con él en poco tiempo, unos cuantos miles de duros.

—Echa por esa boca. La historia de siempre. ¿Y con mil pesetas estableces una casa editorial?

—¿No me has oído? Tengo más; pero me falta ese pico.

—Lo que a ti te falta es vergüenza —respondió el Marqués, que ante aquella calamidad de la familia se veía privado hasta de su buena educación—. Déjame en paz, o te echo de mi casa.

—Bueno, no es motivo para que te enfades. Me niegas el auxilio que yo, pobre industrial, vengo a pedirte. Y luego me decís: «Trabaja, trabaja, sé hombre, sienta la cabeza.» Pues señor, siento la cabeza, me descrismo trabajando; pero ¡ay! la pícara ley económica se interpone... ¿El capital dónde está? Lo busco; encuentro parte; voy a mi opulento primo a que me lo complete, y mi opulento primo me echa de su casa, me condena a la miseria, me ata las manos... Bien, Paco, bien... Siempre te querré, y te respetaré siempre...

—¡A fe que están los tiempos para poner dinero en empresas editoriales..., precisamente cuando hemos convenido en dedicarlo a las espirituales!