—Tú puedes atender a todo. Estás en el deber de fomentar lo de Dios y lo del César.
—Sí, sí, con la saca que me espera estos días. ¿Sabes que tengo que dar a mi hermana...?
—Lo sé. Le das lo suyo.
—Pero...
—Convenido; tu hermana está loca.
—Habla con más respeto.
—Loca perdida. Locura sublime, si quieres. Yo que tú, no le daba un cuarto. Lo sublime deja de serlo en cuanto le pones dinero encima. Dame a mí lo que te pido, que estoy bien cuerdo y bien pedestre, con mi trabajito metódico, y mis hábitos de hombre previsor y ordenado.
En efecto, dígase porque es verdad, el pobre Urrea llevaba medio año de vida totalmente contraria a la que le diera fama tan triste. Había conseguido dar forma práctica a su habilidad para la fotografía, y asociándose con un industrial muy activo, hizo una excursión por las provincias andaluzas, y se trajo una colección de clichés de monumentos, que le valieron algunos cuartos. Esto le alentó. Fundó un periódico, estudiando la Zincografía y el Heliograbado; pero la endeblez de la parte literaria hizo fracasar la publicación. Con nuevos elementos intentaba la creación de otro semanario ilustrado, esperando obtener considerables ganancias, y juntaba dinero para el material indispensable y para los primeros gastos. El impresor le exigía, a más del papel, una cantidad en fianza para responder de la composición y tirada de los dos primeros números. Hablando de estas materias, metiéndose de lleno en la explicación técnica del negocio por ver si ablandaba a su primo, afiló más el arma, llegando a fijar en dos mil pesetas la suma que necesitaba.
—¡Dos mil!
—Sí, y tú me las vas a dar. Eres mejor de lo que tú mismo crees.