—No; si yo me tengo por inmejorable. Por serlo, no te doy las dos mil pesetas: sería lo mismo que tirarlas a la calle... Oye: una cosa se me ocurre. Pídeselas a mi hermana, que ahora tiene dinero, o lo tendrá pronto, y según dice don Manuel, lo dedica al socorro de la miseria humana. Claro que tú, con tu flamante industria editorial, estás comprendido en esa humanidad miserable, a la cual piensa Catalina redimir.
—Pues mira tú, no es mala idea... ¡Ah! tu hermana es una santa, una heroína cristiana. Yo la admiro, y siempre que la veo, me dan ganas de arrodillarme delante y rezar... Mi palabra de honor... Pues sí, ¡famosa idea!
—Hazle comprender que la protección a las industrias nacientes y a los hombres emprendedores y formales como tú, debe contarse entre las obras de misericordia, y que la caridad empieza por la familia... ¿entiendes? ¡Quién sabe, hombre, quién sabe si...!
—No lo tomes a broma, que bien podría... Se intentará, hombre, se intentará. Catalina es realmente un ángel, y sus desgracias le dan una extraordinaria penetración para comprender las ajenas. Bien mirado el asunto, debe comenzar su campaña caritativa por mí, que la venero, que la idolatro; por mí, el más desgraciado de la familia, más que ella seguramente, más, más. Y creo que, en conciencia, bien puedo pedirle tres mil pesetas.
—Sí... sube, hijo, sube.
—Pero, ¡ay! —exclamó Urrea desalentado súbitamente, llevándose la mano al cráneo—, no me acordaba de... ¡Ay, no puede ser, Paco de mi alma, no puede ser! ¡Qué tontos tú y yo! Claro que dejándose llevar mi prima de su magnánimo corazón, no habría caso. Pero como el que gobierna en su voluntad es ese congrio de don Manuel... Figúrate.
—No te permito hablar así de nuestro dignísimo amigo.
—Perdóname... No le ofendo. ¡Triste de mí! ¡Cuando digo que la mayoría de los males que afligen a la humanidad son de un origen eclesiástico!... ¡Ah! pues si yo cogiera libre a mi prima, quiero decir, en el libre ejercicio de su misericordia, créete que mis cuatro mil pesetillas no habría quien me las quitara. Mi palabra...
—Veo que si no te las dan pronto, acabarás por pedir un millón.
—Se me ocurre una idea... Quizás podríamos... Hay que verlo. ¿Puedo contar contigo?