—¿Conmigo? ¿para qué?

—Para apoyarme, en caso de que ese reverendísimo percebe informe, como parece natural, en contra de mi pretensión.

—Yo... ¿Cómo?

—Diciéndole a la señora Condesa de Halma que ya no soy lo que era, que me he corregido, que trabajo, que con mi pequeña industria doy de comer a multitud de familias indigentes, en fin, que defiendo a rajatabla los grandes ideales cristianos, y que sería obra de caridad muy meritoria auxiliarme con cinco mil...

—¡Calla, hombre, calla! Yo no puedo apoyarte. Creerán que me he vuelto loco. En todo caso, demuéstrame que tus propósitos de enmienda son verdaderos, y tus planes de trabajo cosa seria y decisiva.

Dijo esto el Marqués, pasando al salón próximo, como si por la fuga quisiera librarse de mosca tan importuna; pero el pariente pobre le seguía, cosido a sus faldones, desplegando la pertinaz voluntad de esos caracteres que no desmayan hasta no conseguir lo que se proponen. Minutos después, Feramor se sentó en un diván para hablar de política con Manolo Infante. El parásito hubo de agregarse con oficiosidad pegajosa; la conversación rodó insensiblemente hacia el terreno periodístico, y al instante Urrea se dejó caer con esta indirecta:

—Como yo consiga echar a la calle mis Sabatinas, verán ustedes. Cosa nueva, la actualidad presentada con arte y chic, precio fenomenal, digo, baratísimo; la parte literaria de primera, la heliografía ídem de lienzo, en fin, un negocio que solo espera un poquitín de apoyo para enriquecer a alguien. El primer número, que ya está preparado, lo dedico al célebre apóstol de nuestros tiempos, el gran Nazarín, de quien presento noticias estupendas, la biografía completa, retratos de él y sus discípulas...

—Pero ese Nazarín, ¿qué es? —preguntó el Marqués a Manolo Infante—. Ya nos trae locos la prensa con la dichosa cuadrilla nazarista, y el proceso, y las interviews... ¿Le has visto tú?

—No necesito verle —replicó Infante—, para pensar, como tu primo, que es el pillo más ingenioso que ha echado Dios al mundo.

—Poco a poco —dijo Urrea con el desparpajo que gastar solía para desmentirse—. Yo no pienso tal cosa.