—Hace un rato nos contabas a Severiano y a mí que le habías visto, y charlado con él y sus compañeras, y que le tenías... son tus palabras... por un impostor vulgarísimo.

—¿Eso dije?... Vamos, os revelaré todo el intríngulis de mi diplomacia. Por desorientaros a ti y a Severiano os dije la opinión corriente y vulgar, reservando para mi público la novedad, la sorpresa. Yo presento a Nazarín como resulta del sondeo que he hecho de su carácter, visitándole en el hospital uno y otro día.

—Y opinas que es un santo. Pues eso no es nuevo, porque no ha faltado quien lo haya sostenido ya.

—Pero no presentan los elementos de prueba que presentaré yo. Es un hombre extraordinario, un innovador, que predica con actos, no con palabras, que apostoliza con la voluntad, no con la inteligencia, y que dejará, no se rían ustedes de lo que afirmo, un profundo surco en nuestro siglo.

—¡Pero si nos has dicho hace media hora que ni siquiera es loco, sino un aventurero que se hace el demente para vivir sobre el país!

—No me convenía hace media hora decirte mi verdadera opinión. En diplomacia y en industria es permitido el engaño. Antes no me convenía propagar la verdad; ahora me conviene.

—A este le entiendo yo mejor que nadie —dijo Feramor riendo—. Tiene sus planes, persigue su negocio, y repentinamente, un cambio atmosférico le hace cambiar de rumbo para llegar más pronto a donde se propone. Es muy astuto mi primo, y ahora quiere ponerse a bien con los que dedican su dinero a los eternos ideales, a las campañas de la caridad evangélica. ¿Es esto, sí o no? Y a propósito, Manolo, ¿sabes tú de alguien que quiera tomar parte en una empresa editorial, con tendencias religiosas, nota bene, con tendencias religiosas, haciendo un pequeño sacrificio de seis mil pesetas?

—Poco a poco... —dijo con viveza José Antonio—. La participación en los beneficios no puede darse sino aportando al negocio siete mil pesetas.

Feramor e Infante rompieron a reír, y el otro, sin cortarse ni abandonar el campo de su formidable sport, prosiguió de este modo:

—A reír, a reír... Ya veremos quién se ríe el ultimo. Y volviendo a mi héroe, les enseñaré algunas pruebas de las diferentes fotografías que he podido sacarle en el Hospital... También tengo las de sus compañeras. Verán.