—Se publicará.
—¿Y el texto... cosa buena?
—¡Ah!...
—Pero es tan considerable el gasto —dijo Feramor—, que la empresa que ha tomado a su cargo la propaganda nazarista, solicita una subvención de ocho mil pesetas.
—¡Oh!... No has exagerado, querido primo —manifestó Urrea—. Y también te aseguro, palabra de honor, que para hacerlo bien, a la altura del asunto, no vendrían mal nueve mil.
—Chico, más vale que llegues de una vez a la cifra redonda: dos mil duros.
—Para mil cosas baladís han dado eso, y mucho más, Mecenas que yo conozco. Palabra que sí. Lo que se pretende ahora está circunscrito dentro de los términos de una modestia casi inverosímil: diez mil pesetas. ¿Qué menos?
—No me parece mucho. Que se las dé a usted el Gobierno.
—O pedirla a las Sacramentales —dijo Manolo Infante—, que tienen la contrata de la conducción a la vida inmortal.
—Mejor a las empresas funerarias, porque el nazarismo hace propaganda de la muerte.