—O una Santa Clara.
—Eso no; no es figura medieval, es bíblica.
—Del Antiguo Testamento. No confundir...
—¿Y este? ¿Qué mico es este?
—Esa es Ándara... la monstruosa, porque en su rostro hay un guiño del Infierno y otro del Cielo.
—¡Ándara!... ¡Jesús, qué endiablada fisonomía!
—Todo es extraño, sublimemente enigmático y misterioso en esa familia, o dígase tribu... Pero fíjense, fíjense bien en la cara de Nazarín. ¿Es Job, es Mahoma, es San Francisco, es Abelardo, es Pedro el Ermitaño, es Isaías, es el propio Sem, hijo de Noé? ¡Enigma inmenso!
Desembuchaba estos calurosos encarecimientos el bueno de Urrea, como un viajante que enseña las muestras de los artículos que ofrece al comercio, y en tanto las fotografías corrían de mano en mano. Las señoras principalmente las arrebataban, y ponían en ellas su atención con una curiosidad intensísima, insaciable, febril.
III
—Pero, amigo Urrea —dijo el Marqués de Cícero con sinceridad infantil—, esto debe publicarse.