—¿Pero no se sienta, don Manuel?

—No; me voy en seguida. Digo que ya que te encuentro en vena de concesiones, me atrevo a hacerte presente un antojito de tu hermana, cosa insignificante; verás...

—Acabe usted pronto, que ya empiezo a sentir escalofrío.

—¿Por qué, hijo de mi alma?

—Porque podría ser que para redimir a la pobrecita humanidad, no le bastase su legítima, y en nombre del Dios Uno y Trino me pidiese también la mía... y podría suceder que usted se empeñase en que se la diera.

—Vamos, no bromees. Lo que te pide es que le adjudiques la torre de Zaportela, en Aragón. En esa casona destartalada pasó ella parte de su infancia con tu tía doña Rudesinda. Tiene recuerdos...; en fin, que para nada te sirve a ti ese nidal de lagartijas, y ella tiene el capricho de restaurarlo, y...

—Es que la casa de Zaportela y dos predios adyacentes se los tengo dados en usufructo a los Urreas, los tíos de este perdido de José Antonio, pedigüeños insaciables como él, que practican la mendicidad por el terror. Si les echo de allí, son capaces de quemarme todas las casas que tengo en Aragón.

—Bueno, pues en vez de Zaportela, le darás el castillo de Pedralba en esta provincia, término de San Agustín; ya sabes... un caserón viejo, con una torre, y no sé qué ruinas de un monasterio cisterciense... Conque no hay que vacilar, hijo mío, y agradéceme que abra anchos horizontes a tu generosidad. Eres un ángel, y el perfecto tipo del caballero cristiano.

—Basta, basta. No necesita usted emplear la lisonja para desvalijarme. Eso se arreglará. Particípele usted a su discípula que no llore por el castillo. Pedralba será suyo.

—Se lo participarás tú, porque yo no subo hasta la tarde —dijo Flórez mirando su reloj—. Tengo mucha prisa. A las once he de ver al señor Vicario; y a las doce me esperan en Gracia y Justicia para ir a la Nunciatura... Bueno, señor, bueno.