—¿Qué más?

—Nada más. ¿Te parece poco?

—Creí que me iba usted a pedir el coche para todos esos viajes.

—No pensaba pedírtelo; pero lo tomo si me lo das. Está Madrid perdido de barros. Bueno, señor, bueno.

Poco después salía gozoso y vivaracho el buen don Manolo, y en el portal, ¡zás! José Antonio de Urrea que entraba. Quedose el joven como quien ve visiones, y no acertaba ni a saludar al respetable limosnero de la casa.

—¡Pepillo, dichosos los ojos!... ¡Ven acá, hijo mío, dame un abrazo! —le dijo el clérigo con efusión—. ¿Pero qué tienes? Te has puesto pálido. ¿Estás enfermo?... Tiemblas.

—No señor... La emoción... Cabalmente venía pensando en usted —replicó Urrea besándole la mano—. ¿Cree usted que ver, después de tanto tiempo, a este amigo venerable, a este ángel tutelar de toda la familia, no es cosa que impresiona?

—Calla, calla, zalamero.

—Deme usted a besar otra vez esas manos.

—Basta, basta. Ya sé, ya sé que estás muy corregido. Sé que trabajas, que has sentado la cabeza. Ya era tiempo, hijo mío.