—¿Quién se lo ha dicho a usted? —preguntole Urrea con cierta alarma, temiendo las ironías de su primo Feramor.
—Me lo han dicho... ¿A ti qué te importa? Tus primas, las de Hinestrosa me lo han dicho, ea.
—Soy otro hombre. ¡Y qué bueno es ser bueno, don Manuel! ¡Qué hermosura es una conciencia tranquila, una pobreza honrada, y una conducta normal, ordenada y perfectamente correcta! ¡Qué descanso la pureza de las intenciones, la sujeción de los deseos, la adaptación de nuestros goces a la medida de la realidad! ¡Qué consuelo tan grande vivir en armonía con todo el mundo, y sentirse querido, respetado!...
—Sí, hijo mío, sí.
—Verdad que mi vida es azarosa, pues no puedo prescindir de ciertos hábitos de decencia, y careciendo de bienes de fortuna, el pan de cada día, mi queridísimo don Manuel, representa para mí esfuerzos hercúleos.
—Dios bendecirá tu trabajo. Adelante por ese camino. Persiste en tus ideas; ten constancia, valor, confianza en ti mismo.
—Así lo haré. Descuide.
—¿Vas a ver a Consuelo?
—No, voy a visitar a Halma.
Con esta brevedad familiar, Halma, nombraba comúnmente el parásito a su prima.