—Bien, bien. ¡Acompañar a los desgraciados, endulzar su tristeza con palabras de consuelo! La pobrecita te lo agradecerá mucho. Hazme el favor de decirle que no puedo ir hasta la tarde... ¡ah! y que eso, ya sabe lo que es, quedará ultimado mañana. Anda, anda, hijo mío. Y que el Señor te conserve en esa buena disposición. Adiós...

Volvió a besarle la mano, y después de acompañarle a entrar en el coche, subió el gran Urrea, más que gozoso, ebrio de entusiasmo y felicidad, porque las cosas se le deparaban mejor de lo que en los desenfrenos de su optimismo hubiera podido imaginar. Primer golpetazo de la suerte: encontrarse a don Manuel Flórez en aquel pie de increíble benevolencia, enterado ya de sus nuevas costumbres laboriosas. Segundo golpetazo: saber que hasta la tarde no iría el susodicho a la débil fortaleza, amenazada de un terrible asedio. Cierto que el enemigo podía presentarse a última hora con un socorro formidable, ideas y autoridad de refresco; pero también podía suceder que llegase tarde, y que, arrancada por el sitiador una promesa, la egregia dama no tuviera más remedio que cumplirla. El hombre se creció moral y hasta físicamente al subir la escalera, derecho al cuarto segundo. Se sentía impetuoso, audacísimo, invencible, y sobre todo grande, enorme. Creía tocar con su cabeza en el tramo alto de la escalera, y que las puertas no tenían bastante hueco para darle entrada. Sin duda la Providencia Divina se ponía de su parte. ¡Qué bien había hecho aquella mañana en rezar al Padre Eterno, a la Virgen y a San Antonio bendito, implorando su eficaz auxilio! ¡Qué diantre! ¿No era él un pobre, no era un triste, un mísero? ¿Pues qué hacía más que pedir una limosna, y proporcionar a las buenas almas el ejercicio de la más hermosa de las virtudes, la caridad?

«Fuera timideces, fuera mezquindades que podrían comprometer el éxito —se dijo al traspasar la puerta, soberbio y arrogante, como un campeón que anhela engrandecer los peligros para que sea mayor la gloria de vencerlos—. Allá van los hombres valientes. Le pido... pst... veinte mil pesetas.»

IV

Siempre que entraba don Manuel, después de larga ausencia de medio día o día entero, en el cuarto de su noble amiga la Condesa de Halma, encontrábala sumergida en una melancolía profunda y tenebrosa, como nadadora que bucea en una cisterna. Abierto sobre la falda el libro de la Ciudad de Dios, de San Agustín, o alguna otra obra mística; apoyada la mejilla en la mano derecha, el codo del mismo lado sostenido en la mano izquierda y esta en la rodilla derecha, que se elevaba por tener el pie sobre un taburete, parecía un Dante pensativo, revolviendo en su mente los círculos negros del Infierno, o los luminosos del Paraíso. Viéndola en tales tristezas anegada, silenciosa y ceñuda, procuraba don Manuel alegrarle los ánimos con su grata conversación, y unas veces lo conseguía y otras no. Pues aquella tarde ¿cuál no sería la sorpresa del simpático Flórez al encontrar a su ilustre amiga en un estado de inquietud placentera? No daba crédito a sus ojos viéndola en pie, corriendo de un lado a otro de la estancia, como si arreglara y pusiera en orden los libros y objetos de devoción que en varios estantillos tenía. Y lo más extraño era que en su rostro resplandecían la animación, la vida. Sus ojos, siempre apagados, brillaban con fulgor de fiebre; sus mejillas, siempre macilentas, habían tomado un rosado tinte, como si volviera de un paseo por el campo, harta de sol y de aire.

—¿Qué tiene usted, mi noble y santa amiga? —le preguntó el sacerdote—. ¿Qué le pasa?

—Nada, no me pasa nada. Estoy contenta. ¿Esto es pasar algo?

—Sí... Me alegro mucho de verla tan gozosa. No conviene dejar caer el espíritu en la tristeza. La virtud es por naturaleza alegre, y la conciencia pura se regocija en sí misma...

—Siéntese usted si gusta, y déjeme a mí en pie. Siento una inexplicable necesidad de andar, de moverme. De repente, la quietud ha empezado a serme molesta.

—La he recomendado a usted un ejercicio prudencial. La virtud no requiere precisamente la postración sedentaria, que hasta puede llegar a ser un vicio y llamarse pereza.