—Y ahora me preguntará usted el motivo o razón de este contento que en mí observa.
—En efecto, señora mía, se lo pregunto a usted.
—Y yo le respondo que no lo sé; que no puedo explicar qué pasa esta tarde en mi alma. Veremos si llego a darme cuenta de ello. Y ahora, voy a interrogar yo. Dígame: ¿quién es Nazarín?
Quedose un rato suspenso el buen Flórez, y miró el rostro de la Condesa como quien quiere descifrar un obscuro acertijo.
—Pues Nazarín... —murmuró.
—¿Qué hombre es ese? ¿Le conoce usted?
—Sí, señora.
—¿De ahora, o le conoce usted hace tiempo?
—Es un sacerdote, manchego, de mediana edad. Hace dos o tres años, no recuerdo bien la fecha, tuve ocasión de tratarle en la sacristía de San Cayetano. Pareciome un hombre excelente, de costumbres purísimas, humilde, de no común inteligencia, parco de palabras... Después me le encontré alguna que otra vez en la calle; hablamos. El infeliz parecía disgustado; revelaba una pobreza honda, sin quejarse de ella. Creí que su cortedad de genio y su extremada delicadeza le tenían en tal estado, y le aconsejé que se sacudiera, procurando adquirir un poco de don de gentes. Después le he visto incluido en un proceso escandaloso, y su nombre arrastrado por la vía pública. Francamente, me supo muy mal que un sacerdote viniese a tal situación, ya fuese por debilidad de carácter, ya por verdadera malicia. Supe que estaba en el hospital, convaleciente de un tifus agudísimo, y, ¿qué cree usted?... me fui a verle. Yo soy así: me gusta enterarme por mí mismo. Le vi, hablamos largamente, y...
—¿Opina usted como casi todo el mundo, que es un pobre loco?