—Esa es la opinión general.
—Pero la de usted, la de usted es la que yo quiero saber.
—La mía no tiene importancia. Expertos facultativos le han examinado, profesores de enfermedades mentales y nerviosas.
—Pero usted tiene bastante entendimiento para no necesitar de los juicios ajenos para formar el suyo. Dígame lo que piensa, en conciencia, de ese hombre. ¿Es un pillo?
—Creo que no.
—¿Firmemente que no?
—Sostengo con plena convicción que no es un malvado.
—Luego es un loco.
—No me atrevo a decir tanto.
—Luego, es un hombre de miras elevadas, un hombre que...