—¡Oh, qué dicha!... ¿Pero es cierto? ¡Pedralba nada menos! Tiene usted razón, mi hermano es la misma bondad, y yo no sé cómo agradecerle tantos beneficios. De niña, también viví en Pedralba: no puede usted figurarse el cariño que tengo a las viejas y carcomidas piedras del castillo, que de tal no tiene más que el nombre.

—Y la propiedad de esa finca sin duda facilita los proyectos de fundación... ¿No es eso, señora Condesa?

Doña Catalina no contestó, y su meditación silenciosa llenó nuevamente de recelo el espíritu del buen sacerdote. La pregunta que antecede había sido formulada por Flórez con objeto de explorar el pensamiento de su noble amiga, el cual cada día se concentraba más, arrojando de súbito alguna claridad esplendorosa, que al propio tiempo que deslumbraba al buen maestro, le ponía en gran confusión. Tras largo silencio, la Condesa reanudó el diálogo diciendo:

—Quedamos en eso.

—En que... sí... en que Pedralba puede servir de base...

—No pensaba yo en Pedralba. Lo que digo es que usted no se opone a que vea yo a ese que llaman Nazarín.

—¡Ah!... sí... en efecto... Pues, sí, no hay inconveniente...

—¿Usted no se atreve a afirmar si es loco o santo?

—Al menos, hasta ahora...

—Pues yo quiero saberlo, me conviene saberlo con certeza.