—Usted y yo. Nosotros nos encargamos de arreglarle una casa decente, de asegurarle la subsistencia durante el tiempo que se determinará, y, por añadidura, le pagamos sus deudas, le rompemos esas cadenas infames que le condenan en vida a un horrible infierno, le libramos de la vergüenza del sablazo, de la humillación de carecer de todo. Completaremos nuestra obra dándole medios de trabajar en esa empresa que dice trae entre manos, especulación que conviene estudiar detenidamente para ver si en efecto es tal que en ella puede formarse un hombre honrado. Vamos, ¿qué me dice de esta forma de practicar la caridad? ¿Cree usted que hay otra manera de traer al buen camino a un hombre lleno de defectos, desquiciado, empedernido en mil hábitos perniciosos?

—Contesto, señora mía, que en principio aplaudo su pensamiento. Respecto a la práctica... no sé... Dígame usted: ¿José Antonio acepta el auxilio en la forma y condiciones que usted acaba de indicarme?

—El pobrecillo se echó a llorar. Bien conocí que sus lágrimas brotaban del corazón. «Eres la Providencia misma —me decía—, y realizas el sueño de mi vida; tú me salvas, tú me redimes, tú haces de mí otro hombre, y por ti, Halma, bien puedo decir que vuelvo a nacer.» Y diciendo esto me besaba las manos.

—Y yo también se las beso a usted ahora —dijo don Manuel, haciéndolo con verdadero enternecimiento—. Es usted una santa... a su manera, quiero decir que cada día saca usted una nueva forma de santidad. Debo decirle, en conciencia, que en estas cosas, la originalidad suele ser un poquitín peligrosa, pero hasta ahora vamos bien, y que siga el Señor inspirándole esas benditas iniciativas.

—Me complace que usted apruebe mi plan —dijo Catalina, excitada por el aplauso—, y que se compadezca de ese desgraciado primo mío, el cual, claramente lo veo, tiene más viciada la cabeza que el corazón. Cierto que es la informalidad andando, que no acaba cuando se pone a enjaretar embustes, que por procurarse el pan de cada día, comete mil bajezas. Por eso mismo, por ser un enfermo del alma, le está perfectamente indicada la medicina de la caridad tutelar y educativa. ¿No estoy en lo cierto?

—Sí, señora mía —replicaba Flórez entornando los párpados y afirmando con la cabeza.

—La caridad se ha de ejercer en toda clase de enfermos y en toda clase de miserables, y este Urreíta es un pobre de solemnidad... de tres capas, un desgraciado, cuyas angustias parten los corazones. Él me lo decía, haciéndome reír y llorar al mismo tiempo: «Querida prima, el último de los pordioseros es un millonario comparado conmigo. Recoge zoquetes de pan y peladuras de patatas; pero se lo come en paz, y su espíritu vive con la serenidad y la alegría del pájaro, que al amanecer canta saludando al día... Hasta los ciegos que andan por ahí tocando la flauta o el violín son menos desdichados que yo. Envidio a los vendedores de periódicos, a los mozos de cuerda, y a los poceros de la Villa. Todos comen su bazofia sin comerse al propio tiempo la vergüenza, que es amarga como la hiel.» ¡Pobrecillo de mi alma! No puedo menos de considerarle, señor don Manuel, como un niño mañoso a quien hay que educar. Le haremos todo el bien posible, sin escatimar los azotes. Porque eso sí, mucha caridad, pero mucho rigor.

—Eso, eso; y si conseguimos su enmienda, habremos hecho una obra meritoria y grande —dijo suspirando el sacerdote, que si al principio sintió su poquito de resquemor ante la hermosa iniciativa de su discípula, no tardó en apropiarse las ideas de ella, con la mira de vigorizarlas y recobrar de este modo su magisterio.

—Y nadie me quita de la cabeza —prosiguió Halma— que el corazón de Pepe es bueno, y que hay en él, aunque por muy escondido no se vea, materia abundante para obtener la verdadera virtud. De niño era un ángel. Somos de la misma edad, y juntos vivimos algún tiempo en Zaportela: su madre, mi tía Rudesinda, me quería locamente, y como yo era endeblilla y enfermucha, me llevaba consigo al campo para que me repusiera. Pepe Antonio y yo pasábamos largas temporadas hechos unos salvajes, corriendo por praderas y sembrados, declarando la guerra a los pobres grillos, y comiéndonos, no solo la fruta madura, sino la verde. Pues mire usted: yo era mucho más traviesa que Pepe Antonio, yo solía tener malicias, inocentes, eso sí, pero malicias, y él no, él parecía un santito en agraz, y no es que fuera hipócrita, no; era la bondad misma, la pureza y la abnegación. Un día, delante de mí, se quitó la camisita para dársela a un niño pobre. Todo lo daba, no era glotón, ni avaricioso, ni envidiosillo, como todos los chicos. Mis faltas las tomaba para sí, y se dejaba castigar para que no me castigaran. Luego, tomó camino tan diferente del mío, que estuvimos sin vernos muchísimo tiempo. Cuando volvimos a encontrarnos, ya era él un hombre, y hacía en Madrid una vida de vértigo y desorden. La orfandad, la miseria vergonzante corrompieron aquella alma buena, que parecía creada para el bien.

—¡Qué cabeza la mía, señora Condesa! —dijo don Manuel, que con un gesto renegaba de su flaca memoria—. ¿Pues no se me había olvidado darle la buena noticia?... Esos recuerdos infantiles de Zaportela me hacen recordar que el señor Marqués ha convenido conmigo en adjudicar a usted, no esa finca, sino otra mejor, el castillo de Pedralba, en esta provincia. ¡Tanto le dije, que...!