—Por más que usted diga —prosiguió la Condesa—, yo creo que la limosna consiste esencialmente en dar lo que se tiene al que no lo tiene, sea quien fuera, y empléelo en lo que lo empleare. Imagine usted las aplicaciones más abominables que se pueden dar al dinero, el juego, la bebida, el libertinaje. Siempre resultará que corriendo, corriendo, y después de satisfacer necesidades ilegítimas, va a satisfacer las legítimas. ¡Dar a los pobres, nada más que a los pobres! Sobre que no se sabe nunca quiénes son los verdaderos pobres, todo lo que se da va a parar a ellos por un camino o por otro. Lo que importa es la efusión del alma, la piedad, al desprendernos de una suma que tenemos y que otro nos pide.
—¿Y usted siente esa efusión del alma al dar a su primo el auxilio que solicita?
—Sí señor; la siento, porque veo tras su petición un mundo de necesidades abrumadoras, de martirios horribles, en que igualmente gimen el alma y el cuerpo. Veo la falta de alimento, la estrechez de la vivienda, la persecución de los acreedores, la vida angustiosa, llena de humillaciones y vergüenzas ocultas, la disparidad terrible entre los medios de existencia y el nombre retumbante que se lleva en el mundo. Yo creo que en mi primo son ciertos los propósitos de enmienda; pero demos de barato que no lo sean; admitamos que nos engaña, que es un perdido, un tronera lleno de vicios, entre los cuales descuella el de la postulación a diestro y siniestro. ¿Y qué hará usted para sacarle del infierno de esa vida? ¿Predicarle? Nada se conseguirá mientras no se le ponga en condiciones de variar de conducta, y por más que usted se devane los sesos, no hallará otra manera de redención que darle lo que no tiene, porque su mala vida no es más que el resultado fatal, inevitable, de la pobreza.
—¿Según eso, señora mía —dijo el sacerdote con cierta severidad—, usted piensa darle a José Antonio los cinco mil duros que le pide?
—Sí señor, he resuelto dárselos, y así se lo he prometido. Mi palabra es oro. Pero...
—¿Pero qué?...
—¡Oh! aún falta lo mejor. Para que vea usted que no soy paradójica ni sofista, se los doy y no se los doy.
—¿Se los presta usted?
—Tampoco. Se los doy en una forma que usted ha de aprobar seguramente. Le adjudico la cantidad, quedando esta en mis arcas, a disposición de sus administradores.
—Que son...