—Algo más: cinco mil duros.

—¡Ave María purísima!... ¡San Antonio bendito!

—Crea usted que me reí, y desde que me habló de esto, empecé a sentirme alegre. Los apuros de un hombre por cosa que tan poco vale, como es el dinero, me causan alegría. Es como el rechazo de todo lo que yo he sufrido por el maldito dinero, en los días terribles en que me hacía tanta falta. Y ahora que en nada de mi propio interés puedo emplearlo, pues perdí el bien de mi vida, ahora que tengo bajo tierra los restos del que era mi único amor, y considero en el cielo su alma, me alegra el gemido de los que piden dinero con apremiante necesidad, y al ver que lo tengo, me alegro más. Experimento, créalo usted, como un secreto anhelo de venganza..., sí, quiero vengarme de mi destino, que a tantas privaciones me sujetó, y tantas amarguras me hizo pasar... Y cuando se acerca a mí un desgraciado pidiéndome aquello que yo no pude tener cuando lo necesitaba, y que poseo ahora que no lo necesito...

—Se venga usted... negándoselo.

—No señor, dándoselo... Es una venganza en la cual confundo a mi destino y al mismo dinero, materia vil y despreciable, cuyo reparto no debe someterse a ninguna regla de orden y gobierno. Las leyes económicas de mi hermano me parecen una de las más infames invenciones del egoísmo humano.

—¿De modo que usted, señora mía, cree que para despreciar al dinero y castigarlo por su vileza, debe dársele al primer loquinario que lo pide sin que sepamos en qué lo ha de emplear?

—Creo que el empleo final de la moneda es siempre el mismo, dese a quien se diere. Caiga donde caiga, va a satisfacer necesidades. El manirroto, el disipado, el vicioso mismo, lo hacen pasar a otras manos, que lo aprovechan en lo que debe aprovecharse. Lance usted un puñado de billetes a la calle, o entrégueselo al primer perdido que pase, al primer ladrón que lo solicite, y ese dinero, como van todas las aguas a los ríos, y los ríos al mar, irá a cumplir su objeto en el mar inmenso de la miseria humana. Cerca o lejos, aquí o allá, con ese dinero arrojado por usted a la calle se vestirá alguien, alguien matará su hambre y su sed. El resultado final de toda donación de numerario es siempre el mismo.

—Señora mía —dijo don Manuel un poco aturdido—. No seamos paradójicos..., no seamos sofísticos. Si usted me permite que la contradiga, que le haga una demostración clara de su error en esa materia...

El hombre no podía expresarse bien. Estaba sofocadísimo, sentía calor, y se abanicaba con su teja.

V