—Se pueden ganar un par de mil duros... palabra que sí. Me planto en Corfú, hago la exhumación, y me comprometo a traerlo decorosamente, con una cuadrilla de frailes franciscanos, que vengan cantando responsos por toda la travesía. Y me encargo de asegurar el féretro, de envasarlo convenientemente, y de hacer la entrega en el punto de España que ella designe. He de percibir a toca teja dos mil duros antes de partir para Corfú, y tres mil en el acto de entregar la santa reliquia.

—¡Pobre hermana mía! —exclamó el Marqués, viendo súbitamente las extravagancias de su primo bajo el aspecto serio y peligroso—. Esto le pasa por querer gobernarse sola, desconociendo su incapacidad. Ya verá, ya verá... José Antonio, te prevengo que si continúas inspirando a mi desgraciada hermana esas que no sé si son tonterías o locuras, tendré que intervenir como jefe de la familia.

Dejole con la palabra en la boca, mascullando el cigarro. «Te desprecio —murmuró Urrea viéndole partir—, egoistón, eterno inglés de la humanidad desvalida, usurero... Shylock disfrazado de aristócrata...»

No tardó en circular en la tertulia de Monterones la noticia de la redención del perdido con los dineros y la piedad de Catalina de Halma, y los despiadados comentarios que sobre ello se hicieron, no solo herían a la noble señora, sino a su respetable maestro espiritual.

—Porque yo me explico todo —decía la Duquesa—; me explico las debilidades de mi pobre hermana, cuya cabeza se destornilló lastimosamente desde antes de casarse; me explico las audacias de Pepe Antonio; lo que no entiendo es que don Manuel autorice tales despropósitos.

Consuelo Feramor, que no hacía buenas migas con su hermana política, y censuraba sin piedad su retraimiento, tachándolo de mojigatería y orgullo, llegó a decir a su marido:

—La culpa la tienes tú... y algo le toca al angelical don Manuel. ¡Pues si fuera cierto lo que me dijeron hoy en casa de Cerdañola! No, no puede ser... Lo cuento como chiste. Pues que Catalina ha suplicado a Flórez que le traiga a Nazarín... Esto sería demasiado, ¿verdad? Pero qué sé yo... lo creo, me inclino a creerlo. Un entendimiento soliviantado que se dispara, ¿a qué tonterías, a qué extravagancias no llegará?

—Dejémosla disponer de su dinero como guste —dijo la de San Salomó, menos intransigente que sus amigas, sin duda por no ser de la familia—, y alabemos a Catalina de Halma, si nos da lo que a pedirle vamos. Y no hay que diferir nuestro sablazo, señoras mías. Podría suceder que llegáramos tarde, y encontráramos agotado el filón. Reunámonos mañana, plantémonos allá las tres, levantados en alto los terribles alfanjes de oro... y ¡zás!

Consuelo Feramor, María Ignacia Monterones y la Marquesa de San Salomó eran al modo de presidentas, vicepresidentas o secretarias en estas o las otras Juntas benéficas señoriles que reúnen fondos, ya por medio de limosnas, ya con el señuelo de funciones teatrales, rifas y kermessas, para socorrer a los pobres de tal o cuál distrito, edificar capillas, o atender al inconmensurable montón de víctimas que los desatados elementos o nuestras desdichas públicas acumulan de continuo sobre la infeliz España. No hay que decir que las tres cayeron sobre la solitaria y triste viuda con el furor de piedad que desplegar solían en semejantes casos. Recibiólas Catalina con atento agasajo y finísimas demostraciones de amistad; pero con la misma urbanidad serena que empleó en las cortesanías, negoles el socorro que solicitaban. En redondo, en seco: que cada cual debía entenderse a solas para practicar la caridad.

Salieron desconcertadas, confusas, rabiosas, y en el paroxismo de su ira, Consuelo dijo a su marido: