—Si no fuera ella quien es, y nosotros quien somos, creería yo que la residencia natural de tu hermana era un santo manicomio.
VII
Feramor las calmaba, haciéndoles ver cuánta impertinencia revelaba su enojo, pues cada cual es dueño de hacer el bien, si lo hace, en la forma que más le acomode. Con su claro talento, su fácil palabra, mitad en serio, mitad en broma, logró poner las cosas en su punto, demostrando que si Catalina, por su exagerado individualismo y la salvaje independencia que iba descubriendo, podía merecer censura, no merecía execración, ni menos ser condenada a perpetuo encierro en una casa de orates. Pero si Feramor lograba calmar los ánimos, creando una situación de relativa tolerancia, muy del gusto y del género inglés, no así don Manuel Flórez, el cual, cuando cayeron sobre él furibundas las tres damas, pidiéndole explicaciones de la increíble conducta de la Condesa, no sabía qué contestar, ni por dónde salir: tales eran su confusión y azoramiento. En los días siguientes le traían loco, con preguntas, comentarios y mortificantes indagatorias.
—Pero dígame, don Manuel, ¿lo de la corrección de José Antonio, fue idea de usted?
—De ella..., mía no... La que no comprenda que es una idea hermosísima, que no cuente conmigo para nada.
—Hermosísima, y sobre todo práctica.
—Hemos de ver eso. La silba que se llevará don Manuel, si la corrección fracasa, se ha de oír en Pekín.
—Y sepamos otra cosa: ¿es también de usted el pensamiento de traer a Nazarín?
—Sí señora, mío es —dijo valientemente y tragando saliva el buen sacerdote, decidido a corroborar siempre las ideas de doña Catalina para no perder su autoridad—. Si no comprenden la delicadeza, el noble fin que encierra, peor para ustedes.
—Pues mire usted, no lo comprendemos, y yo lo declaro, aunque usted nos tenga por... indoctas. Somos muy bárbaras, queridísimo don Manuel.