—¿Pero es cierto que traerán a casa a ese pobre demente?... o criminal... vaya usted a saber —dijo Consuelo escandalizada.
—¡Oh! yo voto porque venga —manifestó la de San Salomó, y las mismas demostraciones hizo la Duquesa—. Yo rabio por ver al famoso mendigo y apóstol Nazarín.
—Sí, que le traigan. Y que avisen con tiempo para invitar a todas nuestras amigas.
—Y veremos también a Beatriz, la mística mostolense, de quien decía un periódico que era una especie de Eloísa sin Abelardo.
—El Abelardo es Nazarín... Y que venga también Ándara. Queremos ver toda la tribu. Sí, don Manuel, que vengan todos.
—Como no se trata de satisfacer una insana curiosidad, no les verán ustedes.
—Pues nos oponemos a que entren en casa.
—No, no. Lo que haremos es reconocer y proclamar el delicado pensamiento de Catalina, si los traen y nos permiten verles y hablar con ellos... Pero que conste: ha de venir también Ándara. Ese tipo de travesura procaz y temeridad heroica, me interesa extraordinariamente.
—Hablaremos con ellos, nos explicarán su doctrina.
—Les daremos una merienda.