Si don Manuel Flórez inició sus visitas al místico vagabundo, don Nazario Zaharín, por complacer a su señora y soberana, la Condesa de Halma-Lautenberg, pronto hubo de repetirlas por cuenta y satisfacción de sí mismo, porque, la verdad sea dicha, el misterioso apóstol árabe manchego le encantaba, y cuanto más le veía, más quería verle y gozar de su sencillez hermosa, de la serenidad de su espíritu, expresada con palabra fácil y concisa. Y cada vez salía el buen presbítero social más confuso, porque la persona del asendereado clérigo se iba creciendo a sus ojos, y al fin en tales proporciones le veía, que no acertaba a formular un juicio terminante. «Yo no sé si es santo, pero lo que es a pureza de conciencia no le gana nadie. Desde luego le declararía yo digno de canonización, si su conducta al lanzarse a correr aventuras por los caminos no me ofreciera un punto negro, la rebeldía al superior... De todo lo cual voy coligiendo que en este hombre bendito existen confundidas y amalgamadas las dos naturalezas, el santo y el loco, sin que sea fácil separar una de otra, ni marcar entre las dos una línea divisoria. Es singular ese hombre, y en mis largos años no he visto un caso igual, ni siquiera que remotamente se le asemeje. He conocido sacerdotes ejemplarísimos, seglares de gran virtud; sin ir más lejos, yo mismo, que bien puedo, acá para mí, sin modestia, ofrecerme como ejemplo de clérigos intachables... Pero ni los que he conocido, ni yo mismo, salimos de ciertos límites... ¿Por qué será, Dios Poderoso? ¿Será porque este maniobra en libertad, y nosotros vivimos atados por mil lazos que comprimen nuestras ideas y nuestros actos, no dejándolas pasar de las dimensiones establecidas? No sé, no sé...» Y con este no sé, no sé, Flórez expresaba la turbación y las dudas de su espíritu.
Por aquellos días acreció el tumulto periodístico, por estar próximo a sentenciarse el proceso en que metidos andaban don Nazario y Ándara, y menudeaban las interrogaciones, que llaman interviews; los reporters no dejaban en paz a ninguna de las celebridades de la ruidosa causa, y al paso que estimulaban con picantes relaciones la curiosidad del público, se desvivían por darle pasto abundante un día y otro, rebuscando incidentes en la vida privada de los héroes de aquel drama o comedia. Echábase Flórez al cuerpo la escalera que conduce a los pisos altos del Hospital, cuando sintió tras sí voces alegres, y dos jóvenes que con paso vivo subían de dos en dos peldaños le alcanzaron antes de llegar al tercero.
—Señor don Manuel, aunque usted no quiera... ¿Cómo va ese valor?
—No tan bien como ustedes... —contestó el sacerdote parándose, más para tomar aliento que para contestar al saludo. Y después de mirarles fijamente y de reconocerles, añadió con severidad—: ¿Con que otra vez aquí los señores periodistas?... ¡Pero, hombre, no han mareado ya bastante a ese pobre señor! Francamente, me parece el delirio de la publicidad.
—Qué quiere usted, don Manuel. La fiera nos pide más carne, más noticias, y no hay otro remedio que dárselas —dijo el primero de los dos, vivaracho y simpático.
—Agotado tenemos ya el filón —indicó el segundo—; pero como es forzoso servir al público diariamente, ayer le di yo reseña exacta de lo que come Nazarín, y una interesante noticia de los malos partos que tuvo su madre.
—Pero, hijos míos —dijo Flórez con más bondad que enojo—, vuestra información nos va a volver locos a todos. Habéis dicho mil cosas inconvenientes, otras que no le importan a nadie. Yo no sé cómo estos pobrecitos presos aguantan vuestro fuego graneado de preguntas, y no os mandan a paseo cien veces al día.
—Servimos al público.
—¿Pero no sería mejor que le sirvierais dirigiéndole, que dejándoos arrastrar por su novelería caprichosa y malsana?
—¡Ah, don Manuel! No somos nosotros, pobres reporters, los que encendemos la hoguera. Nos mandan llevar cuanto combustible se encuentra; troncos bien secos si los hay; si no, leña verde, para que estalle, y hasta paja, si no encontramos otra cosa.