—Lo que más me ha inquietado al ver a Morla, dejándome muy mal sabor de boca, es que... ¿Quieres que te lo diga?

—Sí, hombre, dímelo.

—Pues que le debo doce duros. Ya se me había olvidado...

—¡Ah! pues recuérdamelo mañana para mandárselos, es decir, para que se los mandes tú.

No tardaron en llegar al término de su viaje, que era una casa de apariencia bastante mediana, con estrecho portal y una escalera sucia, desquiciada y bulliciosa. Desde los descansos veíase un patio de corredores, y en estos, arriba y abajo, multitud de puertas entornadas, por las cuales salía ruido de voces, claridad y tufo de petróleo, olores de cenas pobres. Subieron Catalina y su acompañante al tercero, y cuando se aproximaban a la puerta, Urrea lanzó una exclamación, diciendo:

—¡Ah! ya sé a dónde vamos, prima. Desde que entré por el portal, me pareció reconocer la casa. Pero no caía; ¡qué confusión! no daba en lo cierto. Ya sé, ya sé. Como que aquí estuve yo la semana pasada con los periodistas. Aquí vive Beatriz, la discípula de Nazarín.

—Es verdad. Llama.

TERCERA PARTE


I