—Sí, y te llevo de rodrigón, por si tuviera algún mal encuentro. ¿Por qué pones esa cara? Prudencia, mi abrigo, mi mantilla.
En un momento se dispuso para salir. Cogiendo un lío de ropa, bien envuelta dentro de un pañuelo prendido con alfileres, lo entregó a su primo, y sin tomarle el brazo, bajaron y salieron a la calle. A excepción del portero, nadie les vio salir.
—Aunque no es muy lejos —dijo Catalina guiando hacia Puerta Cerrada—, como los pisos están malísimos, tomaremos un coche, si te parece.
Así lo hicieron, y la Condesa dio las señas: San Blas, 3.
—¿Sabes a quién vi cuando pasábamos frente a San Justo? —le dijo Urrea, no bien empezó a rodar el pesetero—. Pues a Perico Morla. Sin duda iba a tu casa. Se paró para mirarnos. Ese llevará el cuento a Consuelo.
—Déjale que lleve todos los cuentos que quiera.
—Y de seguro ha venido en acecho hasta Puerta Cerrada, y nos ha visto entrar en el simón. Verás qué pronto da la noticia, que será la novedad de esta noche.
—Bien. ¿A ti te importa algo?
—¿A mí? Absolutamente nada. Palabra...
—Pues a mí tampoco...