Desbordábanse en el alma de Urrea la gratitud y el afecto filial, y reconociendo que Halma hablaba conforme a sus cristianos sentimientos, replicó manifestando su incondicional sumisión a cuanto la dama pensara y resolviera. Despidiose, porque tenía que ver y escoger aquel mismo día unos aparatos para su industria, y preguntando a su protectora si debía volver por la tarde, díjole ella que no solo se lo permitía, sino que le rogaba que volviese después de comer.
A poco de salir Urrea entró don Manuel Flórez, el cual, después de informar a la soberana de los pasos dados para recoger cuentecillas y pagarés del primo pobre, le dijo que había visto a Nazarín; pero que aún no podía formar juicio definitivo de aquel hombre sin semejante. Por cierto que el Marqués, con quien hablado había del propio asunto (y esto se lo dijo Flórez a la Condesa en la forma más delicada), no encontraba pertinente que el infeliz sacerdote manchego fuese llevado a su casa, porque siendo el tal, en aquellos días, objeto de las indagaciones informativas de los noticieros de la prensa, si estos se enteraban de que había sido conducido a la casa de Feramor, armarían un alboroto que a él no le gustaba. Por respeto de su casa, por consideración al mismo apóstol vagabundo, a quien él sabía respetar también, no era procedente, no era correcto, no era oportuno..., pues...
—Mi hermano tiene razón —dijo Halma, anticipándose al consejo de su canciller—. No es conveniente, mientras no se calme el rebullicio del público. Desista usted, pues, por ahora...
—No, si ya he desistido —replicó don Manuel, queriendo hacer constar su iniciativa.
Y sin hablar cosa de más provecho, se retiró. Después de anochecido, cuando la viuda acababa de comer, entró José Antonio, y movido de nerviosa impaciencia, no aguardó mucho tiempo para decirle:
—Vengo furioso, querida prima. ¿Sabes que abajo hacen mil catálogos, y se permiten indicaciones ridículamente maliciosas...? Aciértame por qué... Dicen que anoche saliste con tu criada a eso de las nueve, y que no volviste hasta muy tarde. Están locas. Es mucho cuento que no puedas tú salir y entrar cuando gustes. Y puesto que a esa hora no hay novenas, ni sermón, ni Cuarenta Horas, ni costumbre de pasear, ni tú frecuentas los teatros, aquí tienes a tres señoras de alta alcurnia devanándose los sesos por averiguar a qué sitio, que no sea iglesia, ni paseo, ni teatro, puede ir una dama virtuosa entre nueve y diez de la noche.
—Déjalas que digan lo que quieran. Con eso se entretienen las pobres. En medio de su frivolidad, y del tumulto que las rodea, ¡se aburren tanto!... Pues sí, anoche salimos. ¿Sabes a qué hora regresamos? Ya habían dado las once.
Y volviéndose a su criada, que recogía la costura, le dijo:
—Prudencia, no recojas. Esta noche te quedas aquí cosiendo. Mi primo me acompañará.
—¿Sales también esta noche? —le dijo el de Urrea estupefacto.