—¿Y qué? No me afano por eso. Les perdono cuanto digan de mi, ya sea impertinencia sin malicia, ya malicia verdadera.

—No se detienen en la línea del chiste más o menos discreto, sino que la traspasan, llegando a ofenderte con apreciaciones calumniosas. La de San Salomó dice que eres una hipócrita, y que las visitas que me has hecho estas mañanas para arreglarme el cuarto, no pertenecen al orden de la beneficencia domiciliaria.

—Todo eso es para mí —dijo la viuda con augusta serenidad—, lo mismo que el ruido del viento entre las tejas de la casa... Dios conoce mi interior, y ante Él expongo mi conciencia como realmente es. Los juicios de los hombres para mí no existen.

—¡Oh, yo no tengo esa virtud! ¡Claro, cómo he de tener esa que es tan difícil, si otras muy fáciles no las puedo tener! Lo que yo siento es furor de venganza al oír tales infamias. Sería feliz si pudiera retorcerle el pescuezo a la bribona que tal piensa y dice.

—¡Oh, por Dios, Pepe, no sigas por ese camino, si no quieres lastimarme, y perder en absoluto mi estimación!

—Anoche tuve dos o tres agarradas en las casas de Monterones y de Cerdañola por defenderte, porque para mí no hay mayor gloria que poner tu nombre y tus actos por encima de cuanto hay en el mundo. Yo me pelearía con todo el que no te confesase como la virtud más grande y pura que conocen Madrid y España entera; y haría morder el polvo al que pusiese en duda tu santidad, tu honestidad, tu entendimiento soberano.

—¡Jesús, cállate por Dios, y no disparates más, primo! ¿Estás loco?

—Y si te conviene probarlo, dime quién te ha ofendido en tu dignidad, en tu honor, o siquiera en tu amor propio, para aplastarle contra el suelo como un reptil, Catalina, para hacerle polvo...

Decía esto en pie, accionando con calor y énfasis de personaje heroico. Su prima, después de romper un hilo con los dientes, mirándole asustada, le calmó con una franca y placentera sonrisa.

—Dije que eras un niño, y ahora lo pareces más que nunca. Nadie me ha ofendido en mi dignidad ni en mi honor; pero aunque alguien me ofendiera, no consentiría yo que tú hicieses por mí el paladín en esa forma criminal y anticristiana. Estoy pasmada de tu falta de cristianismo. ¿Pero de dónde sales tú, desdichado? ¿En qué mundo de soberbia y de errores has vivido? Primo mío, si quieres que yo te proteja y mire por ti hasta hacerte persona regular, no me traigas acá bravatas caballerescas. ¡Matar! ¿Crees tú que puedo yo estimar a quien hiera a su semejante por un dicho, por una opinión, ni aun por un hecho ofensivo? No, José Antonio, eso conmigo no te vale. Ahoga esos sentimientos de crueldad, de venganza, y de desprecio de las leyes divinas. Si no, no te quiero, no podré quererte, no serás nunca el niño bueno, con el cual quiero hacer un hombre... mejor.