—¿Saben ustedes si ha leído el librito de su nombre que anda por ahí?
—Lo ha leído —replicó uno de los que llegaron con Flórez—, y dice que el autor, movido de su afán de novelar los hechos, le enaltece demasiado, encomiando con exceso acciones comunes, que no pertenecen al orden del heroísmo, ni aun al de la virtud extraordinaria.
—A mí me aseguró que no se reconoce en el héroe humanitario de Villamanta, que él se tiene por un hombre vulgarísimo, y no por un personaje poemático o novelesco.
—Y dice también que en su reyerta con los bandidos en la cárcel de Móstoles, no le costó tanto trabajo vencer su ira como en el libro se dice; que la venció al instante y con mediano esfuerzo.
—Pues para mí —manifestó el caballero aristocrático—, el libro es un tejido de mentiras. Toda la escena de Nazarín con el señor de la Coreja, la tengo por invención del escritor, porque don Pedro de Belmonte es primo mío, le conozco bien, y sé que en ningún caso pudo sentar a su mesa al mendigo haraposo. Esta no cuela. Que mi primo cogiera una estaca, y le moliera los huesos, y le plantara en medio del camino, después de soltarle los perros, muy natural, muy verosímil. Está en carácter; ese es su genio; no puede esperarse otra cosa de su desatinada locura. Pero agasajarle, ponerse a hablar con él del Papa y del Verbo divino, eso no lo creo, eso no es verdad, es falsear a mi primo Belmonte. ¡Figúrense ustedes que fui la semana pasada a la Coreja, y a poco de entrar en su casa tuve que salir escapado en busca de la pareja de la Guardia civil!
En esto vieron salir a Urrea de la celda, seguido de los pintores y del cómico.
—Ea, ya tenemos aquí al chambelán, que viene a anunciarnos que Su Excelencia nos espera.
Pero el chambelán traía muy distintas órdenes.
—Señores —les dijo—, tengo el sentimiento de participarles que el amigo Nazarín les suplica por mi conducto que le dejen solo. Siente fatiga, y si no me engaño, tiene bastante fiebre. Le he tomado el pulso. Necesita descanso, quietud, silencio.
El efecto de estas palabras fue desastroso. Las dos damas no tenían consuelo.