—¿Pero no podremos verle, siquiera un instante?
—Me ha suplicado que, por hoy, le libre del vértigo de las visitas.
—Y hace bien en cerrar la puerta —declaró Flórez—. No sé cómo aguanta tanta impertinencia. Ea, señores, estamos de más aquí.
—Poco a poco —dijo Urrea—. La orden tiene una excepción. Supo que está aquí don Manuel, y ha manifestado deseos de verle. Pase usted; pero solo.
—¡Ay! nosotras... podríamos pasar también, hablarle un ratito... —indicó una de las damas.
—¡Oh!, no... sin duda quiere confesarse. Vámonos.
—¡Qué fastidio!... ¡Volveremos otro día! Yo quiero verle. Díganme ustedes, señores periodistas: ¿cómo es Nazarín? ¿Es cierto que su rostro tiene tal expresión, que desconcierta a cuantos le miran? ¿Y cómo está vestido? ¿Qué dice? ¿Ríe o llora? ¿Habla con los que le visitan, les echa la bendición, o no hace más que mirarles?
Contestaban los buenos chicos a estas preguntas, excitando la curiosidad de las nobles señoras, en vez de calmarla. Inconsolables ellas por el chasco sufrido, y no pudiendo anegar sus ojos, sedientos de aquella gran novedad, en la fisonomía del apóstol errante, los clavaban en la puerta. ¡Ah! detrás de aquella puerta estaba... Volverían a la mañana siguiente.
Entró don Manuel, y desfilaron por las escaleras abajo todos los demás. Alguno propuso a las aristócratas llevarlas a ver a Ándara. Pero después de una espontánea conformidad con esta idea, una de las dos reflexionó y dijo:
—¡Imposible! ¿Está usted loco? ¡Nosotras entrar en la Galera!