Luego fue apuntada la idea de visitar a Beatriz, y esto no pareció tan mal a las dos señoras. Sí, sí, podrían ver a la mística vagabunda y soñadora. Dividióse el grupo en la calle, y unos se dirigieron a la inmediata de San Blas, y los otros a la remota de Quiñones.
Salió Ándara al locutorio, y lo primero que le preguntaron los chicos fue si había leído el libro titulado Nazarín.
—Me lo leyeron —replicó la presa—, porque a mí me estorba lo negro. ¡Ay, qué mentironas dice! Yo que ustedes, pondría en el papel que el escribiente de ese libro es un embustero, y le avergonzaría, para que se fuera con sus papas a otra parte. ¿Pues no dice que yo pegué fuego a la casa?
—Tú también lo dijiste al principio; pero ahora, ausente de tu señor Nazarín, que no te permite mentir, has arreglado con tu defensor, que es hombre listo, esa salidita del fuego casual. El hecho queda por lo menos dudoso, y la pena será relativamente corta.
—¡Que fue de casual, ¡ea!... ¡Caraifa con los niños de la prensa! Yo al principio no supe lo que decía. Se me derramó el condenado petróleo... Quedeme a obscuras... Encendí un misto, y vele ahí todo ardiendo... ¿Que no lo creen? Así costa... ¿Y quién me lo desmiente? ¿Quién me prueba que fue de voluntad? Si alguno de ustedes es el que ha escrito ese arrastrado libro, arrastrado le vea yo, ¡mal ajo!
—¿Sabes que te estás volviendo otra vez muy mal hablada?
—Desde que no está con el apóstol, ha vuelto a sus mañas.
—Ándara, nosotros somos tus amigos, y te queremos mucho. Pero si dices expresiones feas, se lo contaremos a don Nazario, y verás, verás.
—No, no se lo digan. Es la costumbre de antes, que sale... Pero una palabra mala, dicha sin pensar, no hace pecado. Es que me encalabrino cuando me hablan del maldito libraco. ¡Miren que decir ese desgalichao autor que yo parezco un palo vestido! Fea soy, digo, lo que es bonita, no soy ahora, como lo era antes, aunque sea mala comparación... pero no tan fea que me tenga miedo la gente. Él será un esperpento, y en sus escrituras quiere hacer conmigo una desageración. ¿Verdad que no tanto?
—Tienes razón, no tanto, Andarilla. Otra cosa: ¿Deseas mucho ver a tu maestro?