—¡Ay, no me lo diga! ¡Verle! ¡Qué diera yo por verle, por oír su voz!... Créanme, señores de la prensa, y pueden ponerlo en el papel, si les viene a mano. Por verle daría yo la salud que ahora tengo, y la que tendré en muchos años. Me conformaría con estar en esta cárcel o en un presidio toda mi vida, si supiera que le había de ver todos los días, aunque no fuera más que un cuarto de hora.

—Eso es querer, Ándara.

—Esto es querer, y creer en él, pues no ha mandado Dios al mundo otro que se le parezca... lo digo y lo sostengo, aunque me claven en cruz para que cante otra cosa. Que me desuellen viva para que diga que no le quiero, y ayudando yo misma a que me arranquen el pellejo, diré que es mi padre, y mi señor, y mi todo.

—¡Bien, brava Ándara!

—Nos contó Beatriz que ella le ve en espíritu, y siempre que quiere le hace revivir en su imaginación...

—Esa es muy soñona. Yo, como más bruta que mi hermana Beatriz, ¡bendita sea! no le veo cuando quiero, sino cuando él quiere dejarse ver.

—¡Hola, hola! Explícanos eso.

—No sean materiales, y compréndanlo sin más explicadera. Por las noches, cuando me tumbo en mi jergón, en medio de unas obscuridades como las del alma de Caín, si he sido buena por el día, si no he tenido pensamientos malos, abro los ojos, y en lo más negro de lo negro, veo una claridad, y en ella mi Nazarín que pasa... no hace más que pasar y mirarme sin decir nada... Pero por los ojos que me pone, entiendo lo que quiere hablarme. Unas veces me riñe unas miajas, otras me dice que está contento de mí.

—Pues si le ves esta noche, no es mala peluca la que te echa.

—¿Por qué?