—Por esa mentira tan gorda de que el incendio de la casa fue de casual.

—¡Eh, que no es mentira!... Mentira lo que dice el libro, tocante a que quise zajumar el cuarto... ¡Vaya, que ya es por demás tanta conferencia! Lárguense al periódico, que allá tendrán que plumear.

—Antes hemos de preguntarte otra cosa, ¡caraifa!

—No respondo más.

—¿A que sí? ¿La Beatriz viene a verte?

—Dos veces por semana. Ayer me trajo un vestido, que le dio para mí una señora de la grandeza.

—¡Hola, hola!... Noticia. ¿No te dijo el nombre de esa señora?

Y todos ellos sacaron papel y lápiz.

—Sí; pero no me acuerdo. Era un nombre muy bonito... así como... Señor, ¿cómo era?

—Haz memoria, Andarilla. ¿Sería la Condesa de Halma?