—Esa misma... Bien decía yo que era cosa buena... pues... del alma santísima.
—Bien, Ándara... te dejamos ya, caraifa.
—Adiós... adiós.
III
En mal hora se metió don Manuel Flórez en conferencias de exploración espiritual con el apóstol andante, porque siempre salía de la celda medio trastornado, ya creyendo ver en Nazarín la mayor perfección a que puede llegar alma de cristiano, ya viéndole y juzgándole como un ser dislocado, completamente fuera del ambiente social en que vivía. «No puede ser, Señor, no puede ser —se decía el buen viejo, dándose palmadas en el cráneo, ya retirado en su vivienda, y descansando de los trajines del día—. Cada tiempo trae su forma y estilos de santidad. No nos disloquemos, Señor, no nos desviemos de nuestra agrupación planetaria, si no queremos ser bólido errante, perdido por los espacios. Lo que yo digo: la locura no es más que eso, o mejor dicho, es precisamente eso, el escape por la tangente... y este hombre, con toda su virtud, que hay que reconocer, ha tomado mucha fuerza, y se escapa, se dispara fuera de la órbita... ¡Qué lástima, Señor, qué lástima! Porque... lo digo con verdad... difícilmente se encontraría un espíritu de mayor rectitud, de mayor pureza... Pero ha tomado la doctrina en su sentido más riguroso, por lo más estrecho, por donde duele, y... no sé, no sé... Él cree que el equivocado soy yo, y yo que el equivocado es él. Él dice que procede conforme a razón, y con plena conciencia de ajustarse a la ley de Cristo, y yo digo... No, Señor, yo no digo nada, no sé, he perdido los papeles; este hombre me ha trastornado, ha llenado mi cabeza de confusión. No, no vuelvo a verle más. La sinrazón es contagiosa... Un loco hace mil. No más, no más.»
Y a pesar de esto, volvía, pues siempre le quedaba algún puntillo que dilucidar, o seno escondido que reconocer en el pensamiento del peregrino. Volvía, y a nueva conferencia, nueva turbación y desconcierto del buen clérigo social. Se creerá que es exageración lo que se cuenta, pero es la verdad pura. Don Manuel llegó a perder el apetito, cosa de extraordinaria novedad en él, dormía mal, y se desmejoró su rostro. Creyeron sus amigos que había dado el bajón repentino de la aproximación a los setenta, y no faltó quien atribuyese a una causa moral la pérdida de aquel excelso aplomo que era su característica. Quizás su bondad se resintió de haber encontrado una bondad superior, o que tal le pareciera, y como vivía en la rutina de no tratar más que inferiores, en el terreno de conciencia, el repentino encuentro de un ser, ante el cual alguna de las energías de su alma tenía que hacer reverencia, le puso quizás de mal talante, aunque sin llegar, ni por asomo, a las tristezas de la envidia, pues era incapaz de este odioso sentimiento. ¿Consistiría tal vez en que el trato social, las consideraciones y aun lisonjas de que era objeto, habían llegado a formar en su alma la concreción de amor propio (de la cual los caracteres más dueños de sí no pueden librarse), y el conocimiento y trato de Nazarín rebajaron un poquito el concepto de su propio valer moral? Con independencia de la humillación y desprecio de sí mismo que impone la idea cristiana, todo ser conserva un poder de apreciación o evaluación psíquica, por el cual, sin darse cuenta de ello, a sí propio se estima y tasa. Sin duda Flórez empezó a conocer que se había tasado en algo más de lo que realmente valía. Como era recto y noble, acababa por conformarse diciéndose: «Bueno, Señor, bueno. Yo creí ser de lo mejorcito, y ahora resulta que hay quien me da quince y raya. Pues reconozca yo mi insignificancia, o mi inferioridad manifiesta, y alabada sea la perfección donde quiera que se encuentre.»
El buen señor no podía pensar en otra cosa, y la fijeza de tal idea iba socavando su salud. A veces se pasaba las noches en habilidosos distingos y paralelos, anhelando engrandecer el concepto propio, sin rebajar excesivamente el ajeno: «Él es bueno, yo también. No digamos santos, porque la santidad en nuestros tiempos ¿dónde está? Yo soy social, él individual; mi esfera es el mundo de los ricos, la suya el de los pobres. En ambas esferas se sirve a Dios, ¡vaya! Él fortifica su alma en la soledad, yo en el bullicio; yunque por yunque, no sé decir cuál es el mejor. Cierto es que si miramos a la doctrina pura y a su aplicación a nuestras acciones, él aparece con ventaja, yo con desventaja; pero miremos a los resultados prácticos de una y otra forma de ejercer el ministerio, y entonces, ¿cómo dudar que la supremacía está de la parte acá? Y por último, Señor, él se va del seguro, él se corre de lo posible a lo imposible, en él la virtud se permite hacer sus escapatorias al campo de la extravagancia, y...»
Elevando los brazos, y mirando al techo de su alcoba, en la cual se paseaba para entretener el insomnio, añadía: «Señor, Señor, llevar a la práctica la doctrina en todo su rigor y pureza, no puede ser, no puede ser. Para ello sería precisa la destrucción de todo lo existente. Pues qué, Jesús mío, ¿tu Santa Iglesia no vive en la civilización? ¿Adónde vamos a parar si...? No, no, no hay que pensarlo... Digo que no puede ser... Señor, ¿verdad que no puede ser?»
Como pasaban días y días sin que Catalina le interrogase sobre el examen o estudio psicológico del apóstol vagabundo, creyó del caso don Manuel tomar la iniciativa en aquel asunto, que más valía dar su opinión antes que la dama por sí misma y por otros caminos llegase a formarla. Todo lo temía de su talento agudo, afinado por una voluntad persistente.
—¿Y qué? —le preguntó Halma, demostrando menos curiosidad de la que Flórez esperaba.