—Empiezo por declarar —dijo don Manuel con solemnidad sincera, la mano puesta sobre su corazón—, que no conozco alma más bella que la del desventurado sacerdote, a quien la ley ha perseguido por vagancia y por haber dado amparo y protección a una mujer criminal. Si del estado de su entendimiento tengo aún mis dudas, de su conciencia, de su intención pura y rectamente cristiana, no puedo dudar. Quiero decir, señora mía, que encuentro una disconformidad irreductible entre la conciencia y el intellectus de ese singular hombre, y que si yo hallara manera de conciliar una con otro, tendría que declarar a Nazarín el ser más perfecto que ha podido formarse dentro del molde humano.

—Según eso, usted sigue viendo en él las dos naturalezas, el santo y el loco, y ni sabe separarlas, ni fundirlas, porque locura y santidad no pueden ser lo mismo.

—Exactamente.

—Bien podría deducirse de todo ello que, en nuestra imperfectísima comprensión de las cosas del alma, no sabemos lo que es locura, no sabemos lo que es santidad.

—¡No sé, no sé! —exclamó el limosnero extraordinariamente turbado, llevándose las manos a la cabeza.

—Serénese, don Manuel. ¿Será que usted, en su larga vida, nunca se ha visto delante de un problema semejante? Contésteme ahora: ¿el buen Nazarín practica la doctrina de Cristo tal como los Evangelios santísimos nos la enseñan?

—Sí señora.

—Y a pesar de esto, la conducta del buen hombre nos parece desconcertada... porque nuestras ideas así nos lo imponen. Si creyéramos otra cosa, debiéramos imitarle, renunciar a todo, abrazando el estado de absoluta pobreza.

—Sí señora.

—Y eso no puede ser. Hay algo dentro de nosotros mismos, y en la atmósfera que respiramos y en el mundo que nos rodea, que nos dice que no puede ser.