—Sí... puede ser... pero no puede ser... Ser no ser... He aquí, señora, la gran duda.
—Sigo preguntando. ¿Nazarín es humilde?
—Humildísimo. Asombra ver su tranquilidad ante los resultados probables del proceso. Si le condenan a presidio, lo acepta gozoso, lo mismo que si le hicieran subir al cadalso. Si le encierran en un manicomio, en el manicomio entrará y vivirá sin protesta. No se queja de la ley, ni de los jueces, ni de sus acusadores, ni de la opinión, que con tan distintos criterios le juzga.
—Y en el caso de que saliera libre, ¿se sometería al superior eclesiástico, sacrificando su independencia al rigor de la disciplina?
—También. Pues esto es lo admirable. Dice que si le absuelven libremente, se someterá y que...
—¿Qué más?... Sigo yo contando, pues usted, mi señor don Manuel, no tiene hoy la palabra tan expedita como de costumbre. Dice también el buen Nazarín que cuando se encuentre libre, persistirá en el cumplimiento del voto de pobreza que ha hecho al Señor.
—Cosa imposible, así tan en absoluto, pues la mendicidad, fuera de las Órdenes que la practican por su instituto, es contraria al decoro eclesiástico.
—Y dice más...
—¿Pero cómo sabe usted...?
—Dice también que el mayor anhelo de su alma es que le devuelvan las licencias para poder celebrar... y que se irá a vivir al presidio a donde sea destinado el Sacrílego, si se lo permiten las leyes penitenciarias, o si no, en la misma población, con objeto de verle diariamente. Está comprometido a conducir al cielo el alma de aquel criminal, y la conducirá. Los mismos propósitos tiene respecto a Ándara, y su mayor gozo sería que los encierros a que ambos delincuentes fuesen destinados, radicaran en la misma ciudad. Si no, compartiría su tiempo entre la vecindad de Ándara y la proximidad del Sacrílego, llevándose consigo a Beatriz, sin temor alguno de ser censurado y escarnecido por la compañía de una mujer.