—Tales son sus ideas, sí señora... Tan cierto es ello como que usted tiene algo de zahorí —dijo don Manuel, sin disimular su asombro—. ¿Pero usted..., acaso, le ha visto, le ha oído...?
—No; pero veo a Beatriz, de quien soy amiga, y amiga del alma. No he querido decírselo hasta que no viniera una coyuntura propicia.
—¡Ah!... Me parece bien... Beatriz, la discípula...
—Pues bien, señor don Manuel de mi alma, esas ideas y propósitos del don Nazario bastardean un poco aquella pureza del alma de que me hablaba hace un rato. La extrema humildad, ¿no se da la mano con el orgullo?
—Tal vez, tal vez.
—Por lo cual yo, más decidida que usted, sin duda porque soy más ignorante, veo bien patente la locura de ese santo varón... ¿Es un loco santo, o un santo loco?...
—Locura... santidad... —murmuraba Flórez mirando al suelo, la cabeza sostenida por ambas manos, los codos apoyados en las rodillas, con todas las señales en rostro y acento de una hondísima turbación.
IV
No pudieron detenerse, como deseaban, en buscar la explicación de aquel contrasentido, porque entró Urrea con noticias frescas, que hacían revivir el interés del asunto nazarista. Según contó el joven reformado, por los periodistas se sabía ya la sentencia del Tribunal, que se publicaría sin tardanza. No encontraba la Sala en don Nazario Zaharín culpabilidad: la vagancia, el abandono de sus deberes sacerdotales, la sugestión ejercida sobre mendigos y criminales no eran más que un resultado del lastimoso estado mental del clérigo, y como en ninguno de sus actos se veía la instigación al delito, sino que, por el contrario, sus desvaríos tendían a un fin noble y cristiano, se le absolvía libremente. Resultando del informe de los facultativos que repetidas veces le habían examinado, que los actos del apóstol errante eran inconscientes, por hallarse atacado de melancolía religiosa, forma de neurosis epiléptica, se le entregaba al poder eclesiástico para que cuidase de su curación y custodia en un Asilo religioso, o donde lo tuviere por conveniente.
Don Manuel y Catalina guardaron profundo silencio al oír esta parte interesantísima de la sentencia.