—A Beatriz se la absuelve libremente —prosiguió Urrea—, porque nada resulta contra ella, y la pena que merecía por vagancia, se estima cumplida con las dos semanas que sufrió de prisión correccional.
Ándara salía peor librada, aunque no tan mal como al principio se creyó. De sus primeras declaraciones, y de las de Nazarín, resultaba autora del incendio de la casa número 3 de la calle de las Amazonas. Pero su abogado, hombre muy despierto, había conducido el asunto con rara habilidad, demostrando que lo depuesto por Nazarín no tenía ningún valor testifical, por hallarse este en pleno delirio pietista, presa de la monomanía del sacrificio y de la muerte. Ándara, en sus primeras declaraciones, había obedecido, según su defensor, a una influencia hipnótica del falso apóstol. Ampliado el juicio, y sustentada la no intencionalidad del incendio, el Tribunal admitió la prueba, condenándola, por lesiones a la Tiñosa, a catorce meses de reclusión penitenciaria. La causa del Sacrílego no tenía nada que ver con la de la vagancia y desafueros nazaristas. Aún no se había sentenciado, y por bien que saliera, sus catorce o quince años de presidio no se los quitaba nadie, porque eran muchas y muy atroces sus audacias para llevarse la plata y vasos sagrados de las iglesias.
—Ya ve usted —dijo al fin Catalina a su amigo y limosnero—, cómo el Tribunal, haciendo suya la opinión de los facultativos, da por cierto que el santo varón no tiene la cabeza en regla.
—Y sin cabeza no hay conciencia —indicó el sacerdote con cierta alegría, como si entreviera una solución a sus dudas.
—Con todo —añadió la Condesa—, no debemos aceptar ese criterio como definitivo. Se equivocan los Tribunales, se equivocan los médicos. No afirmemos nada, y sigamos, mi señor don Manuel, en nuestras dudas.
—Sigamos, sí, en nuestras dudas —repitió el sacerdote, para quien era ya un descanso no pensar por cuenta propia.
—Y mis dudas —añadió Halma—, van a ser el punto de partida para resolver la cuestión, porque si no dudáramos, no nos propondríamos, como nos proponemos ahora, llegar a la verdad.
—Sí señora —dijo Flórez, hablando como una máquina.
—La sentencia del Tribunal, que yo esperaba, me abre camino para poner en ejecución un pensamiento que hace días me corre por el magín.
—¡Un pensamiento! A ver... —murmuró don Manuel perplejo, admirando de antemano y temiendo al propio tiempo las iniciativas de su ilustre amiga.